lunes, 26 de marzo de 2018

Pestilencia y Conquista en Filipinas

El estudio contemporáneo de la historia no puede eludir el conocimiento de aspectos que antes se consideraban fuera del ámbito humano, como es el clima, las dinámica de los mares o la transmisión de gérmenes y enfermedades. De hecho, el gran avance que se ha logrado en estos campos alimentan el estudio de la historia y coloca al ser humano en un conjunto más estructurado de la vida del planeta. El ser humano ya no es la cúspide de la evolución sino un habitante más, quizás el más disruptivo, de la naturaleza planetaria.  El mérito de este enfoque parece tenerlo el libro Gérmenes, Armas y Acero, (1997) de Jared Diamond, simplemente porque ha logrado una enorme difusión, aunque existen varios otros que antes y después han revisado con más rigurosidad el fondo de estos temas.

En un nivel más específico, el efecto de las conquistas europeas, por ejemplo en América y África, también tiene una amplia cantidad de estudios que revelan los efectos sobre la naturaleza. Varios negativos desde la transmisión de enfermedades desconocidas y el trabajo forzado, y otros positivos, como la difusión de especies a nivel planetario, de lo cual hemos hablado en este blog. Con relación a Filipinas se han publicado varios estudios que reflejan el impacto de la conquista sobre la naturaleza de las islas, sobre todo la excesiva explotación de madera, el trabajo forzado y la alienación de las poblaciones dispersas en el archipiélago. 



Hererría tradicional en el norte de Luzón
Ilustración de Fay-Cooper Cole, 
The Tinguian; social, religious, and economic life of a Philippine tribe
Chicago: University of Illinois, 1922.


Esta nota es simplemente un apunte para desarrollar en lo subsecuente el tema del impacto de la conquista en el ámbito económico, social y cultural sobre la población filipina. En entradas futuras de este blog trataremos de abordar con más profundidad este tema, utilizando fuentes diversas. Es también una invitación para que los lectores ofrezcan sugerencias de lecturas y comentarios fundamentados. Por lo pronto, me limito a un ensayo publicado por Linda Newson, del Departamento de Geografía del King's College, en Londres. El estudio resume las lineas principales del libro que la autora publicó en 2009 sobre el tema de la pestilencia, el colapso demográfico y la conquista en Filipinas. Insisto, en una próxima oportunidad intentaré comentar otro libro escrito por un autor filipino sobre este tema.  Luis Cámara Dery. Pestilence in the Philippines: a social history of the Filipino people, 1571-1800. Quezon City : New Day Publishers, 2006.

Las cifras que ofrece la Dra. Newson son muy reveladoras y contrastan con las estimaciones hechas por varios demógrafos, entre otras, las ofrecidas hace medio siglo por el historiador estadounidense John Leddy Phelan, The Hispanization of the Philippines. Spanish Aims and Filipino Responses, 1565-1700. Madison: The University of Wisconsin Press, 1959. También en este blog hemos abordados las opiniones de este autor.  

Las estadísticas reconstruidas se referían sobre todo al siglo XVII, es decir tres décadas después de la llegada de los españoles y fluctuaban entre 580,000 y 1 millón 250 mil habitantes. La propuesta de la Dra. Newson es revisar dichas cifras, con base en material de archivo, informes y todo tipo de evidencias para encontrar el cuadro real correspondiente a 1565, cuando Legazpi llegó a Filipinas. El resultado es una estimación de 1.5 millones de habitantes en la primera fase de la conquista. De ahí se deriva que la caída de la población fue mucho más radical de lo que se pensaba. Si a alguien le anima, la mortandad causada por las enfermedades y las guerras de pacificación fueron menos graves que en América.

Se dice que la caída demográfica en Filipinas fue limitada. Las razones que se aducen son varias: el hecho que la población asiática, incluída buena parte de la que habitaba el archipiélago filipino, ya estaba inmunizada ante enfermedades como la viruela, la influenza, el sarampión, que devastaron a las poblaciones americanas. Se señala que por un lado el número de conquistadores era muy pequeño y los filipinos estaban dispersos en las múltiples islas. 

El análisis socio-demográfico también revisa los cambios en las expectativas de los conquistadores, que vieron en principio menos alicientes de explotación de recursos, en particular oro, de los que habían encontrado en Perú o México. Sumado al hecho de que la corona española había decretado como política un trato más beningo hacia los indígenas parece ser que los administradores coloniales se mostraron más precavidos. El número de colonos españoles y americanos en las islas fue relativamente bajo, y en su mayoría eran misioneros.  De esta forma, la “presión colonial” en Filipinas fue menor que en otras partes de la monarquía hispana, por lo menos cuantitativamente: en 1588 había 700 españoles en el archipiélago, de los cuales 150 pertenecían al clero. 

Complejo mosaico demográfico
Poco después de la fundación de Manila en 1571, la jurisdicción de Tondo tenía unas 43,000 personas. La llegada de españoles, de japoneses y de chinos cambió profundamente la realidad, favoreció el desarrollo demográfico, a diferencia de lo que pasó en las Bisayas, con fluctuaciones conforme las poblaciones japonesas y sobre todo chinas llegaban o se iban, o se producían las terribles masacres. Otras partes de Luzón que estaban más alejadas del encuentro con los conquistadores muestran tendencias distintas. La península de Bikol, al sur de la isla y con un flujo migratorio marcado hacia Manila, se enfrentó con un fuerte descenso a lo largo del siglo XVII, aunque logró recuperarse en el XVIII. Llegó al año 1800 con una población comparable o superior a la de 1570 aunque perdurasen las expediciones de moros a lo largo del XVIII. Las mismas conclusiones son válidas para la región de Pampanga y Bulacán, al oeste de Manila. Entre 1565 y 1600, Luzón perdió 35% de sus habitantes, las Bisayas 42%. En 1800, el conjunto había logrado volver al mismo nivel: 1.4 millones en 1565, 1.5 cerca de 240 años más tarde. Es mucho más satisfactorio que el recorrido de la población americana en el mismo tiempo, aunque la curva de evolución tenga algún parecido: marcado descenso hasta la mitad del siglo XVII, recuperación después. Pero nunca se alcanzaron cifras de despoblamiento de 90% como en algunos lugares de la Nueva España.




La estimaciones de la Dra. Newson son muy relevantes y permiten considerar nuevos enfoques sobre la expansión castellana en el Sudeste de Asia, pues en los hechos Filipinas fue la última frontera de la conquista iniciada en América.
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 Linda A. Newson Conquest and Pestilence in the Early Spanish Philippines. University of Hawaii Press, 2009.







Diseños y pipas.

Ilustraciones del libro de Fay-Cooper Cole, 1922.

domingo, 25 de febrero de 2018

Nueva España y el mundo, Balbuena y Chimalpahin

El historiador francés Serge Gruzinski hace una interesante asociación de la cultura que maduró en la Nueva España en relación con el mundo de los siglos XVI y XVII. En particular, cita a dos escritores fundamentales de lo que sería México dos siglos después: Bernardo de Balbuena y Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehianitzin. 

Balbuena nació en Valdepeñas España en 1568, vivió en México  de 1590 a 1606, donde estudió teología y se ordenó sacerdote y se trasladó primero a España y en 1619 a Puerto Rico, donde fue nombrado obispo. Murió en 1627.
Chimalpahin nació en Amecameca en 1579 y murió en Chalco en1660. Fue un noble del reino indígena de Chalco, en el oriente de la actual ciudad de México,
Lo que los reúne no es sólo la época sino un sentido compartido acerca de la importancia que tenía la Nueva España en ese inicio del siglo XVII. Ambos refieren en sus obras las riquezas que circulan gracias al comercio con Europa y Asia. Se sienten orgullosos de estar en el epicentro de un mundo que está cambiando y que es producto de la mezcla cultural que podría llamarse planetaria. Uno escribe en español, el otro en náhuatl.
 Edición príncipe de Melchior Ocharte, Ciudad de México, 1604

El poema-libro Grandeza Mexicana de Bernardo de Balbuena, publicado en 1604, es ampliamente conocido.  Se conecta con los acontecimientos posteriores a la conquista de Filipinas y refleja un gran aprecio por la ciudad construida sobre un lago y por el comercio, que en aquella época era considerado en Europa como un bajo oficio.

Es Mexico en los mundos de Occidente
Una Imperial ciudad de gran distrito
Sitio, concurso, y poblazon de gente.

Rodeada en cristalino circuyto
De dos lagunas puesta encima dellas
Con deleytes de un numero infinito.

Huertas, Jardines, recreaciones bellas,
Salidas de placer y de holgura
Por tierra y agua a quanto nace en ellas.
[...]

Es toda un feliz parto de fortuna
Y sus armas una Aguila engrifada
Sobre las anchas ojas de una Tuna

De tesoros y plata tan preñada, 
Que una flota de España, otra de China
De sus sobras cada año va cargada.

Que un gran Cayro, o ciudad tan peregrina
Que Reyno ay en el mundo tan potenta
Que Provincia tan rica se ymagina

[...]

Es toda una riquisima Aduana
Sus plaças una hermosa Alcayceria
De sedas, joyas, perlas, oro, y grana.

[...]

No tiene Milan, Luca, ni Florencia
Ni las otras dos ricas Señorias
Donde el ser Mercader es excelencia.

*  *  *

Chimalpahin forma parte de una constelación de escritores indígenas mexicanos que publicaron obras muy variadas sobre la historia y la cultura prehipánica, mezclada con la religiosidad católica y los acontecimientos de la época virreinal.  El lector puede ver aqui un estudio clásico, elaborado por Manuel Carrera Stampa, sobre cronistas indígenas mexicanos.
  
Los múltiples temas que aborda Chimalpahin, hacen preguntarse a Gruzinski ¿Puede un indio ser moderno?  La respuesta es afirmativa. Chimalpahin muestra su habilidad para mirar al mundo desde Chalco, es decir, desde esa zona de lagos al pie del volcán junto a la ciudad de México. Por la capital virreinal transitan todo tipo de personajes y de riquezas de todo el mundo.  El cronista  escribe en náhuatl y puede comentar tanto sobre el mortal atentado, en mayo de 1610, contra el rey Enrique IV de Francia, como sobre la consagración de la Casa de la Profesa de la Compañía de Jesús en la Ciudad de México el 31 de julio de ese mismo año.

Quiero destacar aquí el registro que hace Chinalpahin sobre la embajada japonesa que visitó la Nueva España en el año 1614 y 1619 en su camino de ida y de regreso a Europa. Este evento causó enorme interés en aquella ciudad virreinal. La llegada de 120 japoneses encabezados por el samurái Hasekura Tsunenaga es un acotecimiento que sigue siendo de gran interés histórico, como dejamos asentado en este blog.  La misión llegó a Acapulco y se trasladó a la Ciudad de México donde fue bien recibida, para salir nuevamente por el puerto de Veracruz. Chimalpahin anota en su diario que el 20 de abril de 1614 veintidos japoneses fueron bautizados en la iglesia de San Francisco. Si, la que está junto a la actual torre Latinoamericana.

Don Miguel León-Portilla realizó un excelente ensayo titulado "La Embajada de los Japoneses en México, 1614. El testimonio en Náhuatl del Cronista Chimalpahin."  En él recoge las diferentes piezas escritas por el cronista sobre ese viaje excepcional y ofrece una lectura en español, traducida del idioma original. El lector puede disfrutar aqui de estos textos, gracias a la revista de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Grabado de Hasekura Tsunenaga, por Scipione Amati, 1615.


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Serge Gruzinski. Las Cuatro Partes del Mundo. Historia de una Mundialización. México: Fondo de Cultura Económica, 2010.

domingo, 7 de enero de 2018

Otros planes holandeses

Las ventajas de los holandeses al entrar durante las últimas décadas del siglo XVI en los territorios del Sudeste de Asia consistían en concentrarse en el aspecto comercial y militar, sin ánimos hasta ese momento de conquistar o dominar tales territorios. Los portugueses y españoles tenían otras metas y mecanismos para hacer prevalecer su dominio, al menos en los principales puertos de comercio de la zona y, principalmente en el caso de Manila, convertir a las poblaciones en espacios bajo el gobierno imperial castellano. Los holandeses eran efectivos porque ensayaron diferentes vías para controlar el abasto de especias (monopsonio dicen los economistas), atacar y desestabilizar el comercio portugués y castellano.

De hecho, la tregua de doce años entre holandeses y españoles acordada en 1609 no se cumplió en Asia, donde continuaron las hostilidades, con grandes pérdidas para los ibéricos o, si se quiere usar un concepto económico: grandes costos de defensa que reducían la rentabilidad del comercio de Portugal y España en Asia. Los aspectos de propaganda religiosa tenían menos interés en el lado holandés, mientras que los ibéricos, sobre todo los castellanos en Filipinas, en paralelo a los jesuítas patrocinados por Portugal en China y Japón, invirtieron recursos humanos y materiales para propagar la religión católica romana. Nueva España estuvo íntimamente ligada a este esfuerzo.

Veamos algunos aspectos de esta confrontación en aguas asiáticas entre los poderes europeos.

En 1602 las expediciones realizadas por los holandeses en aguas asiáticas motivó la creación de una compañía por acciones que habría de tener consecuencias de muy largo plazo en los siglos subsecuentes: la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, mejor conocida como VOC (Vereenigde Oostindiche Compagnie) o Dutch East India Company

Se trataba de negocios en su manera más depurada, incluyendo la legitimidad de la violencia. Jacob Van Heemskerck (1567-1607) condujo una serie de ataques a las flotas portuguesas y españolas en el Mar de China en los años 1600 y 1605. En 1603 dirigió el asalto contra el galeón portugués Santa Catarina, 1603, y el ataque a la armada española en Gilbaltar, 1607, donde murió.

En la madrugada del 25 de febrero de 1603, tres barcos de la Compañía de las Indias orientales (V.O.C.) tomaron por asalto el galeón portugués Santa Catarina frente a las costas de Singapur. El botín fue tan grande que era el doble de la inversión con que contaba en ese momento la VOC.  Los portugueses exigieron el retorno de lo expropiado, pero en esa oportunidad los holandeses esgrimieron el concepto de Mare Liberum, que consiste en el derecho de libre navegación para todos, en contra de la práctica de Mare Clausum, o cerrado, con que operaban los ibéricos. El ideólogo de ese concepto fue el abogado holandés Hugo Grocio, considerado hoy en día como fundador de uno de los principios del derecho internacional. Grocio fue encargado por los comerciantes holandeses en Asia de preparar una respuesta legal contra las quejas de los portugueses por el ataque al Santa Catarina.

De un lado, se esgrimía que el asalto a una nave era pura y llanamente piratería y que debía ser castigada como tal. Los holandeses se defendieron señalando que en aguas internacionales no podía ser aceptada la soberanía que los ibéricos reclamaban. Por aquellos años, portugueses y españoles reclamaban como su territorio, con base en la autoridad del Papa y el derecho de conquista, todo el sudeste de Asia. Los rebeldes holandes, obviamente, no aceptaban ni la autoridad de Roma, ni la soberanía ibérica, por aquel entonces unificada en la figura de Felipe Segundo de España y Primero de Portugal.

Steven van der Hagen (1563  - 1621) Fue el primer almirante de la VOC a partir de 1605. Es interesante observar que advirtió a la compañía que los métodos de eliminar a los adversarios, incluyendo a los ingleses que también asomaban por la zona, y reducir a las poblaciones locales traería más conflicto que beneficio (enfrentamiento entre Holanda e Inglaterra). Sin embargo, la gestión de la VOC se encaminó al control total de la producción de especias, incluyendo la quema de plantaciones en Amboina, en las islas Molucas.

Cornelis Matelieff de Jonge (1569-1632), otro de los primeros comandantes al inicio del despliegue holandés en la región del Sudeste de Asia, dejó testimonios de su visión estratégica, que deben ser recogidos por la historiografía del Pacífico, en particular de las Filipinas. El 4 de enero de 1608, el almirante holandés Matelieff de Jonge escribía desde Banten,  Indonesia, a su colega el también almirante Paul van Caerden acerca de las condiciones en el Sudeste de Asia. Ambos habían recibido instrucciones para explorar posibilidades de enfrentar a los enemigos portugueses y españoles en la región. Las areas estratégicas identificadas por Matelieff eran el estrecho de Malaca, las islas Molucas, en especial Ternate, las costas de China y la isla de Luzón en las Filipinas. El documento ha sido publicado en 2015 inglés por el Dr. Peter Borschberg, y muestra la habilidad de Matelieff para comprender las posibles alianzas con los poderes locales, malayos, molucos, chinos, tagalos, así como de las técnicas navales que permitirían a los holandeses dominar el área.  El texto no tiene desperdicio, por lo que traduzco del inglés dos párrafos:

Por lo que corresponde a la observación de los barcos en la costa de China, como fue encomendado por los Directores (la dirección colectiva de la VOC en Holanda), en Ilha Branca y en Lamao (la primera frente al actual Hong Kong y la segunda en las costas de Shantou). No sé que se pueda hacer en Isla Blanca, pero creo que es muy cerca de Macao, y ellos (los portugueses) pueden ser advertidos por los pescadores (chinos) porque la costa está llena de barcos. En cuando a Lamao es (también) incierto, porque (las naves holandesas) pueden quedar a la vista, si se queda a la deriva las corrientes y el viento pueden pueden llevarse el barco. Si se ancla, la gente de Lamao puede enviar mensaje a Cantón por tierra en cuatro días, cuatro jornadas de 24 horas por vía marítima hasta Macao que no está a más de 60 millas. No tengo ningún conocimiento de la navegación hasta Japón. No pude realizar comercio con China, porque llegaron los portugueses (con seis galeones y muchas fustas) para impedir el comercio. No intenté dar pelea contra ellos con mis tres barcos, en mal estado de navegación, estando en territorio enemigo y con mucho capital. Estoy completamente convencido, sin embargo, que si los portugueses no nos hubieran expulsado habríamos comerciado ahí, tomando en cuenta todas las circunstancias y todo lo que logré aprender de los chinos acerca de lo que consideran importante, porque ellos también hacen todo lo posible para aumentar el comercio en su país.

Observando a los juncos chinos en Manila es dificil (enfrentarlos) con nuestros barcos. Tiene que ser con dos barcos grandes y dos yates, en buenas condiciones y listos para un viaje rápido, porque ya he visto que los juncos navegan muy bien como para ser inerceptados por los barcos grandes. Los dos barcos grandes servirán para dar pelea en caso de enfrentamiento armado. Pero para ese tipo de planes es buena idea echar ancla en Mindanao y tomar 10 o 12 korakora (caracoas)  con moros de ahí que conocen el camino por todas partes. (Con su ayuda) podríamos tomar algunas plazas en tierra de los españoles, especialmente en un lugar llamado Oton, localizado en la isla de Panay: ahí se produce mucho arroz y carne que abastecen a Manila. No hay más de 20 o 25  soldados y 50 españoles a lo mucho. Sería una grave derrota para ellos, pero siempre es difícil realizar algo con los negros (referencia a la población local): adonde quiera que vayas, no cuentes en nada (con ellos) sino que todo el esfuerzo tiene que ser con tu gente blanca. Tampoco debes creer que puedes (dominar) a los juncos chinos si tu barco está mal preparado y es lento. Pero para decirte lo que pienso: olvídate de China por el momento y también de Manila, pero si quieres hacer algo en el estrecho y en los alrededores de Malaca, podrían caer en tus manos de inmediato. Debes destruir a los portugueses en el mar o todos nuestros amigos en las Indias se volverán nuestros enemigos. Si no tengo el favor del Señor para vencer al virrey (del Estado da India), las cosas se verán mal para nuestras factorías, especialmente en Patani, porque esos son unos sinvergüenzas.




El viaje de Cornelis Matelieff, tomado del libro de Peter Borschberg

La carta tiene la siguiente despedida.

Creo que no se debe atacar Malaca por tierra si no se tiene una gran fuerza de al menos  1200 soldados, pero en el mar hay que destruir las embarcaciones y cortar todos los abastos de la ciudad. Creo que la ciudad ha de estar tan fortificada ahora que será dificil (tomarla) y no puedes confiar en los negros -sólo como trabajadores, si tienes suerte.
Con esto, te deseo buena suerte y la victoria, y que ello sirva para la gloria de Dios y la paz de su iglesia. Tu amigo y sirviente, Matelieff de Jonge. 4 de enero de 1608, Banten (Indonesia).
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Petr Borschberg, Journal, Memorial and Letters of Cornelis Matelieff de Jonge. Security, Diplomacy and Commerce in 17th-Century Southeast Asia, NUS Press, Singapore, 2015, pp. 243-244.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Conquistadores del fin del mundo


Para concluir el año, comparto con los lectores de esta bitácora dos noticias y una anécdota personal.

1. Se ha creado un comic en España dedicado a narrar las batallas de la conquista en Filipinas, a finales del siglo XVI. Se llama Espadas del Fin del Mundo. En abril del 2016 fue lanzada la iniciativa de un grupo de jóvenes profesionistas apasionados de la historia de Asia y la divulgación con nuevos medios.


En el primer volumen se narra una jornada militar española en el norte de Luzón, a manos de Juan Pablo de Carrión, en el año 1582. Ese fue un momento crucial en la conquista de Filipinas porque se asomaba la posibilidad de una invasión japonesa en aquella parte de las islas. La parte artística es de Juan Aguilera Galán y el guión, basado en sólida investigación histórica, de Ángel Miranda Vicente.


2. En octubre de 2017 dió inicio la serie de televisión española, en ocho capítulos,  Conquistadores:Adventum.



Todos los capítulos se pueden ver en YouTube, y valen la pena. La premisa central es que la expansión global encabezada por Portugal y España a principios del siglo XVI se realizó de manera simultánea en muchas partes del mundo. Es cierto, pero la forma de enseñar historia separa los acontecimientos en Cuba, Panamá, Congo, México, Costa Verde, Florida, Perú, Chile, Filipinas y desbarata la comprensión de un proceso globalizador de enormes proporciones.

Se puede observar que la producción fue generosa en las escenas marítimas y en las selvas, pero mi opinión como expectador es que algunas escenas en ámbitos cerrados son un poco lentas y complicadas. Sin embargo, me da gusto ver que el mercado demanda un nuevo tipo de producciones que entretengan y proporcionen conocimiento.

3. Sonrisas.  Hace tres años estaba en el aeropuerto de Laoag, Ilocos norte, cuando los pasajeros llevábamos dos horas de un retraso cuidadosamente programado por la línea aérea. Junto a mi, un joven filipino inició una cordial conversación. Él viajaba con dos parejas también jóvenes y con hijos. Me comentó que todos había ido a una boda a esa pequeña ciudad del norte de Luzón; le había tocado ser best-man de un compañero de trabajo que conoció en Qatar (o Catar) Así entendí que los otros padres de familia formaban un equipo de trabajo de filipinos en Oriente Medio con un fuerte sentido de solidaridad. Provenientes de diferentes regiones de Filipinas, sin embargo se sentían unidos por las dificultades de pasar casi un año  en el extranjero, sin familia, los pasaportes confiscados por los patrones, y bajo temperaturas imposibles de hasta 50 grados centígrados. Lo peor es el maltrato y el mal humor de los capataces qatarís (cataríes) que por cualquier razón golpean con cañas a los trabajadores y llevan una contabilidad perversa de castigos hasta romper las varas en el cuerpo de la víctima. Los filipinos prefieren soportar eso a frustrar su esperanza de ahorrar dinero para comprarse una casa a su regreso, poner una tienda y tener más hijos. Si, este es el siglo XXI y ellos son conquistadores de otra calidad.

Todo ello contado con una insobornable sonrisa.

 A los lectores, espero que disfruten esta temporada y les deseo lo mejor para el 2018.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Las Filipinas en España

Del 30 de junio al 15 de octubre, el Museo Nacional de Antropología de Madrid presentó la muestra "Filipinas en el Parque de El Retiro en 1887". En ella se recuperan imágenes sobre la exposición que fue presentada por aquellos años del último período de la dominación española en el archipiélago asiático. Se trata en el fondo de una revisión crítica del pensamiento colonial de la época y de los conocimientos que España poseía sobre la  naturaleza, la cultura y la diversidad étnica de las islas filipinas, al cabo de más de 300 años de dominación.


"La vendedora de Lanzones" 1875
Feliz Resurrección Hidalgo y Padilla (1855 -1913)
Depósito del Museo del Prado


"El pescador de Sacang" 1875
Feliz Resurrección Hidalgo y Padilla
(1855-1913)
Depósito del Museo del Prado

Muy al estilo de las exposiciones universales del siglo XIX, en la cúspide del colonialismo europeo, se presentaban muestras sobre los territorios de "ultramar", en los que se mezclaban los frutos y supuestos beneficios de la dominación europea, con las observaciones de los primeros antropólogos, biólogos y lingüistas que, influidos por el positivismo, estaban interesados en investigar la variedad de pueblos no europeos. Las exposiciones eran una manera de enseñar las posesiones, incluyendo las coloniales.

La muestra del 2017 es, como señala el catálogo, "una reflexión a través de fotografías y objetos  (...) muy alejada en el tiempo y en las mentalidades." Más de 130 años después la intención no es conmemorativa, sino de reflexión sobre la manera que se presentó a Filipinas al público europeo.

Una novedad de la exposición de 1887 fue el trabajo fotográfico realizado por Jean Laurent y Cía. pues la imágenes " transmiten tanto una visión monumental como antropológica" al tiempo que muestran la forma en que se organizó la exposición. Varias imágenes fueron tomadas en Filipinas, recogiendo su ambiente supuestamente exótico y atrasado, para contrastarlo con la idea de modernidad y progreso que ofrecían la industria y el comercio. Las fotografías de estudio son particularmente atractivas porque reflejan, al estilo de la época, una teatralización de los sujetos retratados, en poses tribales o de habitantes de la ciudad.



"Grupo de Igorrotes de Benguet-Tinguianes con su jefe Ismael Alzate, muerto después por estos igorrotes en Filipinas." Anotación de Manuel Antón. Foto: Fernando Debás Pujant, 1887.

El cambio de indumentaria hace pensar que se trata de personas distintas
Foto: Fernando Debás Pujant, 1887

"La siesta", 1884
Miguel Zaragoza y Aranquizna (1847-1923)
Depósito del Museo Reina Sofía

En el mismo recinto, fuera de la exposición, me llamó la atención la siguiente fotografía, titulada "Frailes dominicos acompañados de un grupo de niños filipinos" que forma parte del álbum de la Provincia de Cagayán.


viernes, 17 de noviembre de 2017

Defensa militar en el Pacífico

Acaba de aparecer un nuevo libro sobre  la historia del Pacífico, escrito por Eder Antonio de Jesús  Gallegos Ruíz, enfocado en el estudio de la defensa militar y política del litoral novohispano en el gran océano y su vinculación estratégica con el Sudeste de Asia. 

Fuerzas de sus Reinos. Instrumentos de la guerra en la frontera océanica del Pacífico hispano (1571-1698) es una buena noticia para los lectores interesados en este inagotable tema de la relación con Asia, pues aporta un enfoque novedoso, desde la historia global, que vincula los acontecimientos en Asia y América. Ofrece un cúmulo de información sobre la defensa y gran detalle sobre la fabricación de armamento en ambos lados del océano.  Otra novedad es que el libro ha sido publicado por la editorial mexicana Palabra de Clío, que tiene como lema "Divulgemos la Historia para mejorar la sociedad."  Fuerzas de sus Reinos es el segundo volumen de la colección "El Pacífico, un mar de Historia."  El libro se puede adquirir a un precio muy competitivo en versión electrónica en www.palabradeclio.com.mx

Escribo lo anterior con entusiasmo por dos razones: la posibilidad de acceder a la lectura de textos de calidad y la aparición de nuevos enfoques de estudio. Con internet es posible tener en la pantalla libros y documentos que estaban reservados a especialistas con la capacidad de viajar a las grandes bibliotecas de Europa o Estados Unidos. En segundo término, por largo tiempo los temas del Pacífico estuvieron limitados a un círculo ligado a la historia de la iglesia o a la del comercio. 

El libro de Gallegos Ruíz está estructurado en tres capítulos cuidadosamente delimitados, una breve introducción y un capítulo de conclusiones. La obra cuenta con prólogo del doctor José Antonio Cervera, de El Colegio de México.

A partir de la premisa de que la manufactura de armamento es una obra de la tecnología y del pensamiento estratégico, incluso una obra de arte "del arte de la guerra", el tema de estudio es la estructura política que desplegó la defensa de los puertos en el Pacífico español, así como de la difusión de las técnicas militares para la construcción de armamento. "El sostenimiento material de los sistemas de transporte y defensivos en los arsenales y maestranzas, tanto como el intrumental bélico, requirió un flujo de insumos, agentes y saberes que muestra un proceso de circulación interoceánica" señala el autor.


Los dos primeros capítulos, más de la mitad del libro, pasan revista al contexto estratégico de la expansión española en el Pacífico, con especial interés en las iniciativas de tipo militar que se tomaron desde Manila y que, en términos generales, fracasaron en el objetivo de extender el poderío castellano en la región asiática, pero al menos lograron asegurar la permanencia en las islas filipinas. El libro logra compilar lo más destacado de literatura académica que se ha generado en décadas recientes y ofrece una guía al lector acerca de los temas y fuentes que pueden ser localizadas en medios públicos. Incluso, como hace referencia, es posible acceder a archivos de fuentes primarias por medio de internet.

Es en el segundo capítulo cuando la contextualización histórica da paso a un mayor detalle sobre los avances técnicos de la artillería en China y Japón, así como las prácticas en los puertos portugueses y los conocimientos desarrollados por la armada holandesa al final del siglo XVI. Diferentes tecnologías y formas de hacer la guerrar desataron por aquellos años una competencia militar de gran portento, caracterizada paradójicamente por el intercambio de conocimientos entre los adversarios.

Es interesante la revisión que realiza sobre la cooperación, frecuentemente forzada por las circunstancias, pero siempre tensa entre españoles y portugueses en diversas partes del sudeste de Asia, particularmente en las Molucas, lo que implicaba dos formas diferentes de organización militar.

En la tercera parte del segundo capítulo el autor introduce una amplia sección sobre la confrontación entre los ibéricos y los holandeses, un tema del que hemos venido comentando en las entradas recientes de este blog. Es importante que un estudio elaborado en México rescate el tema y aún hay mucho material para profundizar en las estrategias coordinadas desde la capital de la Nueva España para reducir el impacto holandés en aquellos territorios.

Es precisamente en el tercer capítulo del libro donde se muestra la vinculación profunda entre las necesidades de expansión y defensa con la estructura productiva de la Nueva España. La construcción de fortalezas militares, puertos, navíos y armamento es un tema muy amplio en el que han destacado historiadores mexicanos como Guadalupe Pinzón o Iván Valdéz Bubnov, entre otros. La fundición de cañones usando materiales americanos y asiáticos es un hecho poco estudiado y seguirá siendo de interés para los lectores y especialistas a fin de conocer los patrones de extracción de minerales en algunas zonas de México y Perú. El capítulo ofrece un comparativo de la producción de armamento en Acapulco y Manila que refleja las preocupaciones globales de los administradores de la época y que los estudios hasta ahora han fragmentado en localidades y regiones.

Enhorabuena.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El último viaje del buque fantasma


Gabriel García Márquez

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si vieras lo bien que se piensa en ti sobre estos forros de terciopelo y con estos brocados de catafalco de reina, pero mientras más evocaba al marido muerto más le borboritaba y se le volvía de chocolate la sangre en el corazón, como si en vez de estar sentada estuviera corriendo, empapada de escalofríos y con la respiración llena de tierra, hasta que él volvió en la madrugada y la encontró muerta en la poltrona, todavía caliente pero ya medio podrida como los picados de culebra, lo mismo que les ocurrió después a otras cuatro señoras, antes de que tiraran en el mar la poltrona asesina, muy lejos, donde no le hicieran mal a nadie, pues la habían usado tanto a través de los siglos que se le había gastado la facultad de producir descanso, de modo que él tuvo que acostumbrarse a su miserable rutina de huérfano, señalado por todos como el hijo de la viuda que llevó al pueblo el trono de la desgracia, viviendo no tanto de la caridad pública como del pescado que se robaba en los botes, mientras la voz se le iba volviendo de bramante y sin acordarse más de sus visiones de antaño hasta otra noche de marzo en que miró por casualidad hacia el mar, y de pronto, madre mía, ahí está, la descomunal ballena de amianto, la bestia berraca, vengan a verlo, gritaba enloquecido, vengan a verlo, promoviendo tal alboroto de ladridos de perros y pánicos de mujer, que hasta los hombres más viejos se acordaron de los espantos de sus bisabuelos y se metieron debajo de la cama creyendo que había vuelto William Dampier, pero los que se echaron a la calle no se tomaron el trabajo de ver el aparato inverosímil que en aquel instante volvía a perder el oriente y se desbarataba en el desastre anual, sino que lo contramataron a golpes y lo dejaron tan mal torcido que entonces fue cuando él se dijo, babeando de rabia, ahora van a ver quién soy yo, pero se cuidó de no compartir con nadie su determinación sino que pasó el año entero con la idea fija, ahora van a ver quién soy yo, esperando que fuera otra vez la víspera de las apariciones para hacer lo que hizo, ya está, se robó un bote, atravesó la bahía y pasó la tarde esperando su hora grande en los vericuetos del puerto negrero, entre la salsamuera humana del Caribe, pero tan absorto en su aventura que no se detuvo como siempre frente a las tiendas de los hindúes a ver los mandarines de marfil tallados en el colmillo entero del elefante, ni se burló de los negros holandeses en sus velocípedos ortopédicos, ni se asustó como otras veces con los malayos de piel de cobra que le habían dado la vuelta al mundo cautivados por la quimera de una fonda secreta donde vendían filetes de brasileras al carbón, porque no se dio cuenta de nada mientras la noche no se le vino encima con todo el peso de las estrellas y la selva exhaló una fragancia dulce de gardenias y salamandras podridas, y ya estaba él remando en el bote robado hacia la entrada de la bahía, con la lámpara apagada para no alborotar a los policías del resguardo, idealizado cada quince segundos por el aletazo verde del faro y otra vez vuelto humano por la oscuridad, sabiendo que andaba cerca de las boyas que señalaban el canal del puerto no sólo porque viera cada vez más intenso su fulgor opresivo sino porque la respiración del agua se iba volviendo triste, y así remaba tan ensimismado que no supo de dónde le llegó de pronto un pavoroso aliento de tiburón ni por qué la noche se hizo densa como si las estrellas se hubieran muerto de repente, y era que el trasatlántico estaba allí con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón pasando tan cerca del bote que él podía ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos Ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados, y de pronto todo aquello desapareció con el lamparazo del faro y por un instante volvió a ser el Caribe diáfano, la noche de marzo, el aire cotidiano de los pelícanos, de modo que él se quedó solo entre las boyas, sin saber qué hacer, preguntándose asombrado si de veras no estaría soñando despierto, no sólo ahora sino también las otras veces, pero apenas acababa de preguntárselo cuando un soplo de misterio fue apagando las boyas desde la primera hasta la última, así que cuando pasó la claridad del faro el trasatlántico volvió a aparecer v ya tenía las brújulas extraviadas, acaso sin saber siquiera en qué lugar de la mar océana se encontraba, buscando a tientas el canal invisible pero en realidad derivando hacia los escollos, hasta que él tuvo la revelación abrumadora de que aquel percance de las boyas era la última clave del encantamiento, v encendió la lámpara del bote, una mínima lucecita roja que no tenía por qué alarmar a nadie en los minaretes del resguardo, pero que debió ser para el piloto como un sol oriental, porque gracias a ella el trasatlántico corrigió su horizonte y entró por la puerta grande del canal en una maniobra de resurrección feliz, y entonces todas sus luces se encendieron al mismo tiempo, las calderas volvieron a resollar, se prendieron las estrellas en su cielo y los cadáveres de los animales se fueron al fondo, y había un estrépito de platos y una fragancia de salsa de laurel en las cocinas, y se oía el bombardino de la orquesta en las cubiertas de luna y el tumtum de las arterias de los enamorados de altamar en la penumbra de los camarotes, pero él llevaba todavía tanta rabia atrasada que no se dejó aturdir por la emoción ni amedrentar por el prodigio, sino que se dijo con más decisión que nunca que ahora van a ver quién soy yo, carajo, ahora lo van a ver, y en vez de hacerse a un lado para que no lo embistiera aquella máquina colosal empezó a remar delante de ella, porque ahora sí van a saber quién soy yo, v siguió orientando el buque con la lámpara hasta que estuvo tan seguro de su obediencia que lo obligó a descorregir de nuevo el rumbo de los muelles, lo sacó del canal invisible y se lo llevó de cabestro como si fuera un cordero de mar hacia las luces del pueblo dormido, un barco vivo e invulnerable a los haces del faro que ahora no lo invisibilizaban sino que lo volvían de aluminio cada quince segundos, y allá empezaban a definirse las cruces de la iglesia, la miseria de las casas, la Ilusión, y todavía el trasatlántico iba detrás de él, siguiéndolo con todo lo que llevaba dentro su capitán dormido del lado del corazón, los toros de lidia en la nieve de sus despensas, el enfermo solitario en su hospital, el agua huérfana de sus cisternas, el piloto irredento que debió confundir los farallones con los muelles porque en aquel instante reventó el bramido descomunal de la sirena, una vez, y él quedó ensopado por el aguacero de vapor que le cayó encima, otra vez, y el bote ajeno estuvo a punto de zozobrar, y otra vez, pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, v él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, v entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada d e marzo sino el medio día de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, balalcsillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.