martes, 31 de marzo de 2009

Demanda de esclavos

Que hubiera una migración libre desde Filipinas no significa necesariamente que no existiera envío de esclavos. Quizás el flujo de esclavos de origen filipino que llegó a América, utilizando la Nao de China fue pequeño en comparación con el que venía por el Atlántico, original de Africa, pero Aguirre Beltrán reconoce que el tráfico esclavista ofreció una corriente constante de mano de obra forzada, alternativa a la que se producía en el Atlántico, a partir de la última década del siglo XVI, “por las mismas razones que hicieron tomar vida al tráfico de negros, esto es, la demanda en el mercado novoespañol” (1). La decadencia del comercio de esclavos por el Pacífico no tuvo efecto sino hasta el primer tercio del siglo XVIII.

“Los comerciantes negreros atlánticos vieron siempre a los tratantes de Acapulco como competidores indeseables (…) e intentaron estorbar su buen curso pretendiendo, sin conseguirlo, que tales esclavos fueran considerados descaminados y aplicados al monopolio. Sin embargo obtuvieron de la Corona, primero, la imposición de taxativas en cuanto al número, y, en seguida, el cobro de impuestos para que los tratantes del Pacífico quedaran en condiciones semejantes a los asentistas”.

La primera disposición gubernamental que regula la entrada de estos esclavos asiáticos a la Nueva España data del 10 de abril de 1597; en tal fecha Felipe II ordenó al gobernador de las Filipinas que sólo permitan que se embarquen para Nueva España “cuatro esclavos a cada uno de los oidores o persona honrada, excepto que viniendo el gobernador puede el sucesor darle licencia para traer sus esclavos” . Aguirre Beltrán reconoce que el comercio por Acapulco se hallaba ya firmemente establecido y la prohibición sólo favoreció la introducción por los canales del contrabando. Hacia 1620, el comercio esclavo vía Acapulco vuelve a ser legalizado pero con restricciones debido a la limitación de las naves.
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1. Aguirre Beltrán, Gonzalo. La Población negra de México. Estudio etnográfico. Fondo de Cultura Económica. México. 1972. Pag. 50

sábado, 28 de marzo de 2009

El hospicio de Santo Tomás de Villanueva


En el centro de la Ciudad de México, al norte de la Alameda, se localiza un elegante edificio que actualmente funciona como hotel. En otros tiempos fue la sede del Hospicio de Santo Tomás de Villanueva de la Provincia de las Filipinas, ubicado en avenida Hidalgo, casi esquina con avenida Reforma.

En la fachada del edificio está inscrito el año 1780 como fecha de su construcción. Este fue el albergue para misioneros “filipinos”, provenientes de Europa o del interior de la Nueva España, destinados al Oriente. Sin embargo la historia de ese monumento tuvo sus orígenes muchos años antes, en el siglo XVI, cuando los agustinos se establecieron en la ciudad de México el 7 de junio de 1533, siendo Provincial en España Fray Tomás de Villanueva, quien dirigía la orden desde Castilla. Este personaje cumplió un importante papel en la expansión de la orden en América en los primeros años posteriores a la conquista. Fue teólogo en Salamanca, predicador en Burgos y Valladolid y consejero de los reyes Carlos Qunto y Felipe Segundo.

En 1592, la Provincia de México se separó de la española, bajo la advocación del Santísimo Nombre de Jesús. En la segunda mitad del siglo XVI los agustinos extendieron su labor misionera por diversos rumbos del país, entre otros, en la Huasteca, luego en Michoacán, con sede en Tiripetío, y por extensas zonas hasta Zacatecas. Debido al éxito logrado en la región habitada por los Purépechas, en 1602 se estableció de manera independiente la provincia de Michoacán, bajo la advocación de San Nicolás Tolentino.

El papel de esa orden religiosa en la conquista espiritual de Filipinas fue muy relevante, como lo confirma el hecho de que un fraile agustino avecindado en México, como Andrés de Urdaneta, fuera nombrado capitán en la expadición de Miguel López de Legazpi, en 1656, destinada a encontrar la ruta de regreso de Filipinas a México, llamada la Tornavuelta.

Poco después de aquella portentosa expedición, se estableció en México la Provincia de Filipinas de la Orden de San Agustín el 7 de marzo de 1575. La provincia agustina de México contribuyó de manera constante con recursos y misioneros para la evangelización en Filipinas. El provincial de la orden, Fray Diego de Herrera, realizó muchos esfuerzos para llevar misioneros a las islas, pero los peligros del viaje y el poco interés de los jóvenes, dificultaron esa tarea. En noviembre de 1575 salieron de Acapulco rumbo a las Filipinas seis misioneros, incluyendo a Fray Diego de Herrera. Su misión fracasó al naufragar poco antes de su llegada a Filipinas.

No obstante, a partir de esa fecha el esfuerzo por enviar misioneros continuó de manera constante, aunque no siempre con buenos resultados porque, en ocasiones, los misioneros venidos de España interrumpían en México su viaje hacia el Oriente. Los religiosos provenientes de la Península permanecían en las provincias de la Nueva España, particularmente en Michoacán, retenidos frecuentemente por los provinciales. La razón era simple, pues la práctica de una regla llamada alternativa, obligaba a que el gobierno de la orden quedara al mando de un español y fuera sucedido por otro criollo, alternativamente. El incremento de frailes de la Nueva España tendía a debilitar el poder de los nacidos en Europa, de ahí el interés de retener a los llegados por el lado Atlántico.

El conflicto interno en las provincias agustinas obligó a tomar medidas drásticas hacia 1665, con la creación de un hospicio para mantener bajo control a los misioneros enviados desde España con rumbo a la Filipinas. El hospicio quedó establecido por el Consejo del Rey en 1689. Como podría esperarse, los más entusiastas promotores del hospicio fueron los criollos interesados en hacer cumplir la tarea de enviar misioneros a Filipinas y evitar su indebida permanencia en México.

En 1822, un año después de que se consumó la independencia de México, el gobierno incautó el hospicio y con la expulsión de los españoles en 1828 prácticamente concluyó su función.

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Pablo García Cisneros. El hospicio de Santo Tomás de Villanueva de la Provincia de las Filipinas. Edición del autor. México 1992.


Acerca de los agustinos:

http://es.wikipedia.org/wiki/Agustino

La orden agustina en México:

http://www.desdelafe.com.mx/index.php?option=content&task=view&id=750

Los agustinos en Filipinas:

http://es.wikipedia.org/wiki/Agustinos_Filipinos

El hospicio de Santo Tomás de Villanueva


Casa de los misioneros agustinos con rumbo a Filipinas


"...estamos en presencia de una construcción de dos pisos, que combina hábilmente el tezontle con la chiluca y que prolonga las jambas de sus vanos hasta las cornisas de ambos niveles. Pero lo más interesante es el nicho central de la portada: sobre una cornisa rota que se resuelve en roleos, se abre el nicho trilobulado que alberga la escultura de Santo Tomás de Villanueva. La cornisa, el nicho y el remate lucen una profusa decoración (...) Es, pues, una construcción de estilo barroco de fines del siglo XVII".

Martha Fernández. Excelsior. La Cultura al Día. Jueves 31 de octubre de 1985.


viernes, 27 de marzo de 2009

La geografía espiritual de Filipinas


Una visión idealizada de la vida filipina. Daan sa Baryo, del pintor Rodolfo H. Herrera.
Un modo de vida en concordia con el medio ambiente.
La llamada hispanización de las islas Filipinas quedó en manos de los misioneros y frailes que ocuparon el territorio, fragmentado en miles de islas. Se ha calculado que en el siglo XVII el total de religiosos que habitaron el país llegaba a un máximo de 400 individuos, frente a una población cercana al medio millón de filipinos. Por ello se pensó siempre en utilizar la enorme cantidad de religiosos que sobrepoblaban los monasterios e iglesias en la Nueva España, pero debido a la desconfianza que la Corona tenía a los criollos se estableció que los misioneros con destino a Oriente fueran españoles. Tampoco era vista con buenos ojos la posibilidad de ordenar sacerdotes filipinos, de tal manera que el traslado de religiosos españoles hacia Filipinas, con su obligado paso por México, constituyó una corriente viajera de notable importancia a lo largo de los siglos.
En los hechos, muchos de aquellos misioneros en busca del Oriente quedaban anclados en México, debido a las dificultades inherentes a un viaje que, desde España, podría tardar cerca de dos años. Muchos de aquellos misioneros tenían en mente, como tantos otros dedicados al comercio o al ejército, llegar hasta China y Japón, sin tener paticular interés de quedarse en Filipinas.
Ante tal escasez de religiosos se intentó emplear el método de las congregaciones utilizado con éxito en México y en Perú; o lo que posteriormente, en el siglo XVII, fueron las reducciones en el Paraguay. No obstante, la diferencia sustancial radicaba en el monto de la población indígena y en su distribución geográfica en el archipiélago filipino. Para la mentalidad española, el concepto civilizatorio era precisamente el de vivir en ciudades (la polis romana), algo que vieron fructificar exitosamente en América, pero que encontró una resistencia feroz en las islas Filipinas.
El historiador americano John Leddy Phelan señala que a fines del seiscientos no se contaban más de veinte poblados en todo el archipiélgo con más de 2,000 habitantes. Hacia 1650 se calculaba que la gran concentración de Manila se dividia de la siguiente forma: la ciudad intramuros, donde vivían lo españoles, con 7,350 habitantes; el Parián, adyacente a Manila, de población china, con alrededor de 15,000 habitantes, y los suburbios con 20,124 filipinos.
La razón de los filipinos para rechazar la concentración forzada tenía su origen en su relación tradicional con el medio ambiente de la zona. La producción de arroz y la pesca en ríos y ensenadas les impedía concentrarse en poblaciones donde no podían producir lo que ellos necesitaban. La simple idea de vivir en aldeas significaba la destrucción de su modo de vida, que no podía ser reemplazado por otras tareas, como la minería, la artesanía o el comercio, tal como aconteció en América.
Luego de un primer intento, en el siglo XVI, de emplazar a las órdenes religiosas en todo el archipiélago filipino, a través de misioneros en los más intrincados lugares, fue necesaria una reconsideración estratégica que obligó a distribuir tanto a las órdenes religiosas como al clero seglar. Agustinos y Franciscanos fueron beneficiados con un amplio territorio misionero en la zona Tagala, en Luzón, la principal isla de Filipinas tanto por superficie como en población. Le seguían los Jesuítas en esa misma zona. los Dominicos asumieron la responsabilidad de la comunidad china, cuya mayoría habitaba el Parián en Manila, así como Pangasinan, Cagayan, Pampanga e Ilocos, esta última una de las más ricas y fértiles provincias del archipiélago. Los Franciscanos se ocupaban de la provincia de Camarines, donde se habla Bikol y Cagayan. “Las islas Bisayas fueron divididas –menciona Phelan- a lo largo de líneas linguísticas y geográficas entre Agustinos y Jesuítas".
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Phelan, John Leddy. The Hispanization of the Philippines. Spanish Aims and Filipino Responses, 1565 – 1700. The University of Wisconsin Press. Madison. 1959. Capítulo IV. Pp, 41 -71.



jueves, 26 de marzo de 2009

Artes y oficios

En algunos casos la forma natural de aceptación en la “república india” era el casamiento de asiáticos con locales.  Un primer acercamiento a fuentes históricas primarias, en el Archivo General de la Nación, en los ramos de Hacienda, de Tierras e Indios, nos ayudará a encontrar el estado civil y comercial que varios de los migrantes tenían. En principio sabemos que se dedicaban a actividades a oficios diversos (barberos, panaderos) y al comercio ambulante, acarreando entre las poblaciones telas, velas, aguardiente, yerbas y medicinas. Ante ello, es evidente que los migrantes hablaban tanto el “castilla” como  lenguas indígenas mexicanas para comunicarse y sobrevivir, en un abierto proceso de aculturación.

A lo largo de los siglos el estatuto de los asiáticos fue cambiando  sin mantener una orientación constante. En ocasiones los asiáticos fueron asimilados a los negros y mestizos (siglo XVII), debido al complicado arte de la definición de castas. A fin de cuentas la masa imigrante que no se incorporaba a las comunidades podía fácilmente ser desplazada hacia las ciudades en calidad de parias, o ligados al submundo criminal. Con  frecuencia se encuentran casos de filipinos y chinos envueltos en robos y otros delitos en actas judiciales de la ciudades de México y  Puebla  .

Gonzálo Aguirre Beltrán reporta los cambios semánticos que reflejan la transformación social de México, en casos como los pueblos jarocho y chinos. El vocablo chino, aplicado al hijo de negro e india se aplicó en Puebla por vez primera. Para los siglos XVII y XVIII decir mulato o chino era determinar la misma cosa. “Para el siglo XIX fueron llamados chinacos los célebres guerrilleros que combatieron contra la intervención francesa; sin embargo todavía para el siglo pasado china y lépera o prostituta connotaban una misma cosa. De entonces a nuestros días el vocable sufrió una tremenda transformación y en la actualidad la China Poblana es el prototipo de gracia y de la virtud de la mujer mexicana.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Transformación del consumo (3)

Este fenómeno económico tuvo un profundo impacto sobre el modo de vida de la Nueva España. Ignacio Bernal señala que “las costumbres criollas americanas, sobre todo en México, se vieron modificadas por el comercio de Oriente y gran parte de ese lujo americano que tanto asombrara al barón de Humboldt a principios del siglo XIX era una herencia del comercio de la Nao de China”[i].

Herencias que no sólo entrañan lujos, sino también hábitos y tradiciones como las peleas de gallos, juego asiático; el papel de China y el de Manila, los fuegos artificiales, o castillos mexicanos, la “talavera” poblana que se vió influida por los diseños chinescos, los paliacates o pañuelos de Calicut, procedentes de la India. Se debe insistir en que este proceso se inicia en un momento de crisis pues aún no se sentaban las bases de la autosuficiencia de alimentos en la Nueva España. De esta forma, la situación de escasez contrasta a principios del siglo XVII con el lujo del que presumían los novohispanos, pues había sedas y plata, pero poca comida en la mesa.


[i] Ignacio Bernal, México en Filipinas, Ed. UNAM, México, 1965. p 254.

Transformación del consumo (2)

Con anterioridad Europa conocía los productos orientales, especias, sedas, marfiles y maderas por las rutas de la India; los españoles habrían de importarlos un siglo después de la Conquista a través del Pacífico y por la vía de México. La línea de navegación descubierta por Urdaneta en 1564 permitió proveer de mercancías orientales a España y a sus virreinatos principales: México y Perú. De China y otras regiones llegaban a México, y después a España, el arroz, el mango, el tamarindo, el clavo, la pimienta, el azafrán, telas de algodón y sedas (el mantón, bordado, se conocería como de Manila) porcelanas, biombos (byobu en japonés) y marfiles. México enviaba a Manila, cacao, maíz, cochinilla, caballos, ganados, aceite y vino, éstos últimos procedentes de España y, sobre todo, plata de sus minas.

Debido a la recesión económica en España hacia la tercera década del siglo XVII disminuyó el envío de plata a España y en consecuencia se redujo la compra de manufacturas. Se produjo entonces un desequilibrio en uno y otro extremos del comercio que contribuyó a la transformación de la economía de la Nueva España. El debilitamiento del comercio a través del Atlántico volvió más importante, en proporción, el intercambio a través del Pacífico. Otra consecuencia de ello fue la integración de la producción para satisfacer la demanda local. Los españoles avecindados en México comprendieron que debían desarrollar sus capacidades productivas y sus instituciones políticas locales. El siglo XVII es el momento en que se hace énfasis en satisfacer las necesidades de la colonia, reorientando los sistemas de producción e intercambio.

“Es posible pues, que en el siglo XVII, los comerciantes mexicanos decidieran invertir más por el Pacífico que por el Atlántico, lo que explicaría que la crisis atlántica fuera más severa; pero que debido al reajuste y reacomodo de los sectores productivos, la Nueva España mantuviera una relativa autonomía respecto al sector externo” [1].Otra razón de peso es que la metrópoli percibía que la plata americana se estaba desviando a Asia.

En consecuencia, la plata mexicana fluía hacia las tierras asiáticas; no tanto porque las mercancías orientales fueran baratas, sino que el metálico de la Nueva España demandaba ingentes cantidades de bienes, la mayoría suntuarios, que no se producían en tierras americanas. Pronto, en tierras americanas los precios de todas las mercancías se acrecentaban desproporcionadamente, creando inflación y, a pesar de múltiples intentos de la Corona española por regular tal situación y obligar a que los productos asiáticos llegaran a la Península, tales mercancías se quedaban principalmente en México y Lima.

[1] Carmen Yuste. El comercio transpacífico. INAH, Departamento de Investigaciones Históricas, Colección Científica Núm. 109, México, 1984. pp.32 -34


Transformación del consumo (1)

El siglo XVII ha sido denominado como el Siglo de la Depresión[1], debido al catastrófico desplome de la población indígena y por consiguiente de la producción agrícola. También se le ha designado como el Período de la Integración[2], dado que esa profunda y prolongada crisis en todo el imperio español obligó a establecer las bases de una agricultura y un sistema comercial nacional en las colonias, basado en nuevas formas de propiedad agraria y del control de la mano de obra. 

En aquel período de crisis se operó una transformación económica y cultural de largo plazo. Ante la disminución de mano de obra indígena y la consecuente escasez de grano se introdujeron al final del siglo XVI sistemas de abasto de granos a las ciudades y a las nuevas regiones mineras, como la Alhóndiga, para almacenar cereales y evitar la escasez, y el Pósito, un impuesto en especie con el mismo objetivo[3]. Estas medidas no resolvieron el problema de la carestía y la especulación con los alimentos, pues se sucedieron tumultos y saqueos en varios años posteriores, a lo largo del siglo barroco mexicano. 

En el plano cultural se operaron otros cambios básicos, la formación de una cultura local, criolla, entre los españoles (el paso del gachupín al criollo); la parcial hispanización de los pueblos indígenas sometidos y la incorporación de otros grupos étnicos. Todo ello combinado permitió el enriquecimiento de la dieta nacional y el surgimiento de una nueva cultura culinaria que distingue al México criollo. Ante la escasez de trigo, los españoles se acostumbraron al maíz[4], a los sabores, condimentos y vegetales americanos, mientras que los indígenas adoptaron paulatinamente las carnes y condimentos de tipo europeo.
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(1) Woodrow Borah. El Siglo de la Depresión en Nueva España. Ed. Era, México, 1975, p 15. En el lapso de un siglo y medio, a partir de 1520, la población indígena del México central disminuyó de alrededor de 10 millones de personas a apenas 1 200 000 en 1690.
[2] Andre Gunder Frank. La agricultura mexicana: transformación del modo de producción, 1521 - 1630. Ed. Era, México, 1982. Explica el fenómeno de que, en medio de la crisis productiva del siglo XVI, o debido a ésta, se sentaron las bases de una agricultura y un sistema comercial nacional. Este ha sido un debate entre historiadores modernos por más de veinte años.
[3] Enrique Florescano, El abasto y la legislación de granos en el siglo XVI, en Historia Mexicana n. XIV, El Colegio de México, México, 1965.
(4) Solange Alberro, Del Gachupín al Criollo, o como los españoles de México dejaron de serlo. COLMEX, Jornadas 122, México, 1992, p. 55-99.

Mar del Sur


En la mentalidad marinera de los españoles el territorio mexicano era “horizontal”, teniendo al Golfo de México como el Mar del Norte y el Pacífico como el del Sur. De esta forma, las provincias e intendencias fueron durante siglos franjas transversales, de norte a sur. Por ejemplo, el puerto de Acapulco, situado en la parte meridional de la Intendencia de México, era vecino de la Intendencia de Puebla que también llegaba hasta las costas del Pacífico en el actual estado de Guerrero.


Transformación del consumo III

Este fenómeno económico tuvo un profundo impacto sobre el modo de vida de la Nueva España. Ignacio Bernal señala que “las costumbres criollas americanas, sobre todo en México, se vieron modificadas por el comercio de Oriente y gran parte de ese lujo americano que tanto asombrara al barón de Humboldt a principios del siglo XIX era una herencia del comercio de la Nao de China” (1).

Herencias que no sólo entrañan lujos, sino también hábitos y tradiciones como las peleas de gallos, juego asiático; el papel de China y el de Manila, los fuegos artificiales, o castillos mexicanos, la “talavera” poblana que se vió influida por los diseños chinescos, los paliacates o pañuelos de Calicut, procedentes de la India. Se debe insistir en que este proceso se inicia en un momento de crisis pues aún no se sentaban las bases de la autosuficiencia de alimentos en la Nueva España. De esta forma, la situación de escasez contrasta a principios del siglo XVII con el lujo del que presumían los novohispanos, pues había sedas y plata, pero poca comida en la mesa.

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1. Ignacio Bernal, México en Filipinas, Ed. UNAM, México, 1965. p 254

martes, 24 de marzo de 2009

La base jurídica de las colonias

La estructura jurídica, la máquina administrativa y las concepciones económico comerciales que rigieron al imperio español  fueron la solución histórica al imponente reto de gobernar una extensión inconmensurable de territorio y una población no sólo infinitamente mayor que la castellana, por ejemplo, sino extremadamente variada en culturas. El estado colonial español encontró como solución el mantener un sistema corporativo sobre sus colonias, que aceptaba un cierto grado de descentralización a fin de resolver problemas inmediatos. Sin embargo ese sistema creó otros problemas, enormes como la corrupción de los administradores y el abuso contra la población indígena y aún la criolla, que estallaron con las revoluciones de independencia en las dos primeras décadas del siglo XIX en América Latina y la independencia de Cuba y Filipinas al final de esa centuria.

Un segundo elemento es, también en el ámbito jurídico, la aplicación de las leyes referentes a la propiedad, al derecho de los indios, y a la estructura judicial en las colonias. Varios autores establecen que los conceptos originados en el derecho antiguo de Castilla fueron transformados, deformados y transfigurados en América y, por extensión, en Filipinas. El caso concreto es el cumplimiento de las normas para el ejercicio de la encomienda, el tributo y el trabajo comunitario obligatorio 1. Este último, cabe señalar que en Filipinas se llama Polo, o trabajo comunal obligatorio, a lo que en Perú se conocía como Mita y en México como Cuatequil.

 ¿Derechos de los esclavos?

Respecto a la situación de esclavitud y de libertad de los aborígenes el problema para la Corona Española fue como sabemos, el estatuto jurídico de los indios americanos (su calidad de seres humanos) y los “derechos” creados por los conquistadores.  En una primera etapa, sobre todo bajo el reino de Carlos V hubo una grave indefinición y un profundo debate teológico jurídico. Así, a través de una Cedula Real, el “20 de junio de 1500 se condenaron las actividades desplegadas por Colón en las islas por él descubiertas y se declaró que los indios debían ser considerados, jurídicamente, como vasallos libres de la Corona de Castilla. Se admitió, sin embargo, que pudieran ser tenidos como esclavos los indios cautivos en justa guerra (...) Pero al amparo de esta excepción se cometieron tales abusos que, en 2 de agosto de 1530, hubo de decretarse que ni aún en los casos de guerra justa pudieran ser hechos esclavos los indios que se cautivasen” 2.

El 20 de febrero de 1534 se restableció el principio anterior, pero a partir de 1542 con la promulgacion de las famosas Leyes Nuevas se consolidó la doctrina del vasallaje de los indios americanos a la Corona Española. Aquí es importante hacer notar que en la Recopilación de las Leyes de Indias hecha en 1680 se estableció que sólo podrían “ser sometidos a esclavitud los indios caribes, los araucanos y los mindanaos, rebeldes siempre a la dominación española.” Una vez más se indica un estado de excepción en los confines del imperio español pues Mindanao no pudo ser completamente integrado a la colonia filipina. 

“Ordenamos y mandamos que de aquí adelante, por niguna causa de guerra ni otra alguna, aunque sea so titulo de rebelión, ni por rescate ni otra manera, no se pueda hacer esclavo indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la corona (real) de Castilla, pues lo son” 3.

Avanzado el siglo XVII la gubernatura general de Filipinas obtuvo notable autonomía tanto de España como del aparato gubernamental radicado en la Ciudad de México. Diversos autores precisan que la distancia, donde el contacto entre uno y otro extremo del viaje a través del Pacífico se realizaba una vez al año, y el celo de los ciudadanos españoles en Filipinas para proteger sus bienes y prebendas contribuyeron a hacer de la colonia española más remota un espacio casi autónomo, plagado de abusos y controles burocráticos. En un sentido estricto Filipinas fue una colonia militarizada, donde los españoles rara vez establecían su residencia permanente y cuya frágil economía dependía del comercio del galeón.

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1. Pedro Antonio Nuchera. Encomienda,Tributo y Trabajo en Filipinas (1570-1608). Universidad Autónoma de Madrid. Ed. Polifemo. Madrid, 1995.  p 15.

2.  Ots Capdequí, J.M. El Estado español en las Indias. Ed. Fondo de Cultura Económica, México,1941. p 24.

3.  Joaquín García Icazbalceta. Colección de documentos para la historia de México (1866). Ed. Porrúa, México 1980. p 212.


domingo, 22 de marzo de 2009

Acapulco


El puerto de Acapulco se convirtió en un punto de referencia para europeos, asiáticos y americanos.

martes, 17 de marzo de 2009

Una rica variedad de pueblos
























La labor de los administradores coloniales en Filipinas, así como de los misioneros, consistió también en recopilar información sobre las culturas locales del archipélago. Uno de los informes más antiguos, de finales del siglo XVI, es el denominado Códice Boxer, en referencia al hisotriador Charles R. Boxer, un experto en el proceso de colonización española y portuguesa en el lejano Oriente.



Migrantes filipinos

El singular mosaico cultural de México en los siglos de la colonia, en el que se incluían muchas naciones indígenas, con culturas y lenguajes propios, aunque todos vistos por los españoles como El Pueblo Indio, permite suponer que había una gran receptibilidad a otros “indios” provenientes de Asia. Siendo filipino, malayo o chino era posible entremezclarse con los pueblos indios, donde mal se hablaba el idioma español. Tómese en cuenta que la variedad de sociedades provenientes del sudeste de Asia eran transportadas con un prejuicio racial similar, donde Magindanaos, Bruneianos, Malabares, entre muchos otros, eran clasificados como negros en Manila y al llegar a México se le consideraba chinos. El tronco racial común a todos ellos, incluyendo a los de la isla de Luzón, era el malayo, pero se hacía la distinción por razones administrativas y por la oportunidad que los corruptos administradores podían tener para apresar a los que no eran cristianos.

La proporción de emigrantes asiáticos en el periodo colonial es notablemente menor a la de negros de Africa o de esclavos blancos en esa época, pero es también significativa y tuvo un impacto regular en las regiones donde se aclimataron. También se distinguían de la mano de obra forzada proveniente del Atlántico por ser empleada en artes y oficios que requerían mayor detalle y paciencia que fuerza. Los chinos como fueron genéricamente conocidos, se incorporaron al trabajo del puerto, a las artesanías y a la agricultura, principalmente.

¿Cuántos de estos “chinos” entraron a México a lo largo de tantos años?, es muy dificil precisarlo. En primer lugar, el flujo cambió conforme a las variaciones de la legislación y al celo administrativo que cada representante de la Corona en América pudiera tener en cumplirla. El flujo estuvo determinado por la demanda de mano de obra, para complementar la fuerza de trabajo indígena en la Nueva España: negros para las minas y el trabajo rudo; chinos como sirvientes y artesanos. Es posible rastrear en los archivos mexicanos a través de los ramos de gremios las proporciones de extranjeros asimilados en las comunidades trabajadoras de la Nueva España.

El historiador Jonathan Israel señala: “Una cédula real dirigida en 1626 al virrey marqués de Cerralvo quizá proporcione cierta idea sobre el número de esclavos filipinos importados a Nueva España. Ese año la corona calculó una pérdida anual de 5 mil pesos por concepto de derechos de importación no cobrados sobre esclavos filipinos, siendo el impuesto por cabeza de 50 pesos; esto indica que anualmente se introducía de contrabando a la colonia algo así como 300 asiáticos, además de un número tal vez similar de los importados”.

No es descabellado calcular que alrededor de seis mil filipinos o asiáticos se asentaron cada decenio en la Nueva España. ¿Qué fue de ellos, cómo se fundieron en la sociedad novohispana, qué influencia dejaron en nuestra cultura? Es importante considerar, como lo hizo Aguirre Beltrán en su estudio sobre la migración negra a América, que lo importante no sólo fue el número absoluto de migrantes, sino también la proporción en una sociedad en ciernes y poco poblada. Un enfoque demográfico podría ayudar a encontrar esa proporción, distinguiendo como cuarto ingrediente racial de México a la población de origen asiático.


Israel Jonathan. Razas, clases sociales y vida política en México colonial, 1610 – 1670, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, p.53.

lunes, 16 de marzo de 2009

Barcas filipinas en Manila

Vista de la bahía de Manila, surcada por pancas con vela y estabilizadores

El sistema comercial del Galeón

La nao de China (que no venía del Imperio Mandarín) fue durante los siglos XVII y XVIII un monopolio en manos de la Corona española. Desde su fundación en 1572, Manila se convirtió en el puesto más remoto del imperio español, donde el uso de los recursos locales se realizaba conforme a las necesidades del galeón: como madera y alimentos para las naves y la mano de obra para construirlas, sin ocuparse ni propiciar el desarrollo de una industria local. Como enclave, Manila se convirtió en uno de los focos del comercio entre China y Europa, Asia y América y finalmente de la propia región del sudeste de Asia, utilizando en esencia las redes de abasto preexistentes, que estaban desde siglos antes en manos de comerciantes malayos y chinos. De tal forma, el movimiento comercial de Manila dependía de lo que estos comerciantes asiáticos traían y de su ritmo de visitas a Luzón, la mayor isla del archipiélago de las Filipinas.

El historiador Pierre Chaunu* reunió estadísticas comerciales de tres siglos (fines del XVI al XVIII) y demostró que hubo una declinación del comercio a partir de 1650, que no se recuperó sino hasta 1787.

En la época borbónica, en plena oleada modernizadora, la Corona española intentó reformar la estructura de transportación marítima para ajustarla a los modernos sistemas mercantilistas creando, en 1785, la Compañía Real de Filipinas con el propósito de reformar el sistema comercial de las islas. La tradición del viejo monopolio del galeón dejó de ser compatible con el nuevo orden, volviéndose un anacronismo como empresa; el galeón compartió de esta forma la decadencia del Imperio.
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* Chaunu, Pierre. Las Filipinas y el Pacífico de los Ibéricos (siglos XVI, XVII, XVIII) Ed. IMCE, 1967, México.

Rafael Bernal


En 1965 el diplomático mexicano Rafael Bernal escribió el libro México en Filipinas. Estudio de una transculturación, a petición de Miguel León Portilla, quien escribió un breve preámbulo en la edición que hizo La Universidad Autónoma de México.  Han pasado mucho años y aquel ensayo sigue siendo una excelente aportación para observar Filipinas desde la ventana de México.

Laboró en el Servicio Exterior Mexicano a lo largo de 12 años, desde 1960 hasta su muerte en Berna, Suiza en 1972. Un verdadero polígrafo, escribió novela, teatro, cuento, poesía, ensayo, guiones de cine, teatro, radio y televisión. Es más conocido por ser el autor de la novela El Complot Mongol,  al estilo del triller americano, pero asentada en la calle de Dolores del centro de la Ciudad de México.




domingo, 15 de marzo de 2009

El idioma español en Filipinas

Sorprende de verdad que en Filipinas, después de tres siglos de dominación colonial española, la población es profundamente católica, pero no habla español. El tagalog y varias otras lenguas regionales dominan el espacio cultural de las islas, teniendo al inglés como lengua unificadora, pero no al idioma español. Al mismo tiempo, es muy frecuente que los filipinos se refieran a sus antepasados como mestizos, castila (por castellanos) o españoles. Detrás de ello existe el interés de poseer y mostrar un pasado de abolengo español que no necesariamente existe. ¿Cómo explicar esta curiosa situación, de un país que se reclama de origen hispano y que no habla ese idioma?. Una posible respuesta es la forma en que el lenguaje es el código para transmitir el rito del poder y como se sabe, el poder no se comparte.

Es dable suponer que la corona española decidió, en algún punto al principio de la colonización de Filipinas, no transmitir la lengua española a la población nativa. Las razones son muy variadas, pero encuentran sus raíces en la experiencia colonizadora efectuada en América, que entregó a la variada población indígena una nueva lengua franca, el español. Por ello, el asunto cobra relevancia para México, tanto  como el tema del translado (la traducción) de las prácticas colonizadoras de América hacia Filipinas. El interés de ello reside en que en tal proceso se mezclaron muchos elementos que no povenían de la península española sino preponderantemente de México.

Los misioneros que zarpaban de América con el propósito de evangelizar a las poblaciones en Asia llevaban consigo la experiencia que habían acumulado entre los indígenas mexicanos con decenas de lenguas. La gran empresa hispanizadora se fue diluyendo, sobre todo en cuanto a la propagación del idioma español, aunque tuvo brillantes momentos al inicio del período colonial en el siglo XVI.

Martín de Rada, misionero agustino en México y Filipinas, es quizás el caso más relevante de esta transformación. Misionero que trabajó de 1560 a 1564 en el actual estado de Hidalgo, en México,  compiló un diccionario en lengua Otomí. En 1564 pasó a Filipinas, donde reinició su trabajo evangelizador y nuevamente desarrrolló un diccionario tagalo-español. Aparte de su innegable estatura humanística, Rada representa el espíritu misionero de una generación indómita (1). 

Este tipo de esfuerzos fue dejando paso a una actitud menos comprometida con la propagación del idioma.

En Filipinas el poder colonial estuvo dominado por el estamento religioso, pues los frailes se convirtieron en la cabeza absoluta de las remotas  y dispersas comunidades y pueblos, donde fungían también como representantes de la corona española. En la figura del misionero, convergían los poderes seculares y espirituales o, dicho de otro modo, “el cura del pueblo fue un representante, no sólo de la voluntad del Rey sino de la divina voluntad. Por este gigantesco poder los indígenas se resistieron a someterse completamente al Cristianismo y a aquellos a quienes les impusieron su resistencia” (2). Las comunidades religiosas, después de los comerciantes, eran las que se beneficiaban más del comercio del Galeón.
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1. Pedro A. Galende. Apologia Pro Filipinos. Manila. Salesiana Publiching, 1980.
2. Vicente L. Rafael. Contracting Colonialism. Translation and Christian Conversion in Tagalog society under Early Spanish Rule. Ateneo de Manila, 1988. Manila.

El Galeón también llevaba palabras

En alguna parte de la carga del inmenso barco se afinaban las palabras del Castellano, idioma dominante de España, mezcladas con muchas raíces culturales de Europa y de América.De hecho, en el galeón se hablaba también al modo mexicano. Esas palabras fueron sembrándose paulatinamente desde Acapulco hasta Guam, en medio del Pacífico; hasta el archipiélago filipino y más allá; objetos que se reproducen casi solos, apenas con la ayuda de la memoria y de la necesidad. Los portadores de las palabras eran en su mayoría hombres (muy pocas mujeres) que hablaban una espesa mezcla de ideas y experiencias, comerciantes, soldados de leva, campesinos convertidos de pronto en  marineros.
“Al principio era el verbo”, según proclama el pensamiento cristiano, donde la palabra divina es la creadora del universo. Es curioso notar que en el sudeste de Asia un concepto similar al cristiano, pero independiente y original de esta región, indica que el lenguaje es la representación del ser humano. En el archipiélago que hoy ocupa Indonesia la leyenda explica que, en una época, grupos de hombres que perdieron el habla, la capacidad de comunicación, se convirtieron en monos,  retrocedieron en la historia. Son los Orang-Utan, hombres del bosque.
Desde un principio, la labor evangelizadora principalmente española y portuguesa en Asia enfocó su interés en descubrir formas de comunicación con los pueblos conquistados. El trabajo monumental de compilar diccionarios y escribir doctrinas cristianas en Chino, Japonés, Tagalo y muchos otros idiomas, expresa con claridad la intención de transmitir los conceptos religiosos occidentales a la población subordinada. El trabajo misionero y secular tomó como base la experiencia de evangelización en América desde principios del siglo XVI, pero en Asia se modificó esta práctica como consecuencia de lo que los conquistadores observaron en el nuevo continente. Comparada con la experiencia americana, el Español, junto con el Nahuatl, fueron lenguas impuestas por los conquistadores para comunicarse con la variada gama de pueblos indígenas, para facilitar su propio dominio. En menos de medio siglo esa percepción cambió y los españoles sentían perder control sobre tales pueblos, pues éstos podían usar una lengua franca en contra del invasor. El resultado más importante fue la hispanización de los pueblos indígenas.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Una barca filipina en Acapulco

En el acervo de la Biblioteca Nacional se encuentra una pintura de la Bahía de Acapulco en el siglo XIX, firmada por Carl Nebel. En un primer plano, cerca de la playa se encuentra una pequeña embarcación de vela, con un estabilizador fuera de borda. Esto es lo que en la tradición malaya se denomina una panca, una nave ligera cuyo diseño tiene grandes ventajas en el tránsito entre islas de los mares del Pacífico sur. Lo interesante de esta imagen es que una pequeña embarcación debió haberse construído en el propio puerto de Acapulco, ya que no podría recorrer el océano más vasto del planeta, que para los enormes galeones y pataches constituía un reto enorme. Ello indica sin lugar a dudas que individuos del sur de Asia construyeron este tipo de embarcación en costas mexicanas.

lunes, 9 de marzo de 2009

Marineros

Si se toma en cuenta que el costo del pasaje de México a Manila era muy elevado, de 1000 pesos y el de regreso de 1500 pesos, no era insólito que gente común emprendiera el viaje de Manila a México como marinero en busca de mejores condiciones de vida. “La proporción de españoles y malayos en las tripulaciones varió de uno a dos y de uno a cinco, pero esto último fue más frecuente. En 1724 apenas una tercera parte eran españoles de nacimiento”.  Los marineros malayos -los “indios” en los papeles españoles de la época- eran generalmente filipinos.

Un administrador español de la época, Francisco Leandro de Viana, rindió tributo en uno de sus informes oficiales a los marineros filipinos: “No hay un sólo indígena en estas islas que no tenga una notable inclinación hacia el mar, ni hay actualmente en todo el mundo una gente más ágil en las maniobras a bordo de un barco, o que tan rápidamente aprenda términos náuticos y cualquier cosa que debe saber un buen marinero. Pueden enseñar a muchos de los marineros españoles que navegan en esos mares. No hay apenas ningún indio filipino que haya navegado los océanos que no comprenda la aguja de marear y por lo tanto hay en esta ruta comercial algunos pilotos muy habilidosos y diestros... Cuando se les coloca en un navío del cual no pueden escapar, luchan con ardor y coraje”.

No obstante sus habilidades, los marineros filipinos eran discriminados frente a marineros españoles, pues ganaban no más de una quinta parte del salario nominal de éstos (60 pesos para los filipinos, frente a 300 de los españoles) y frecuentemente las raciones de comida eran sólo la mitad de la de los marineros españoles. Por si fuera poco, recibían sus pagos con vales que, en la práctica, no podían ser cobrados, por lo que preferían venderlos a menor precio (como en la tienda de raya) a funcionarios venales o aprovechados que los revendían al precio real.

Hernando de los Ríos Coronel, agente al servicio de la Corona, escribió un memorial al Rey en el que expone las dificultades de los marinos, sobre los abusos a que son sometidos. “Los malayos, especialmente los del interior de la zona de Luzón, no podian resistir el frío de determinadas latitudes y la pulmonía causaba una alta mortalidad entre ellos. A cada amanecer hay tres o cuatro muertos, y agrega que los filipinos eran tratados como perros a bordo y que la marinería española estaba mejor cuidada y más habituada a valerse por si misma”.  Esa era la razón principal de que muchos marinos desertaran, como fue el caso de 74 filipinos que en 1618 escaparon del galeón “Santo Espíritu” en Acapulco y que pasaron a integrarse a las comunidades locales como agricultores y artesanos. 

jueves, 5 de marzo de 2009

Las islas Filipinas


El archipiélago filipino se delimita en el extremo oeste por la isla de Borneo, en el suroeste por el cordón de las islas de Jolo y Mindanao y se inserta en el ángulo sureste a las islas Célebes. El idioma Tagalo es predominante en las islas, es de origen austronesio, íntimamente ligado al malayo.


martes, 3 de marzo de 2009

Marineros y esclavos

Puede afirmarse que una masa constante de filipinos fue desplazada hacia el continente americano en calidad de marineros al servicio del galeón o en otros casos como sirvientes semi-esclavos para ser destinados a diversos oficios en la Nueva España. El cuidado y limpieza externa de los barcos, conocido como carenado, también requirió de mano de obra especializada, por lo general filipina, asentada en el puerto de Acapulco principalmente. Muchos de estos trabajadores, en cuanto llegaban a tierras mexicanas, encontraban como vía de escape hacia mejores condiciones de vida el integrarse a las comunidades locales indias, donde terminaban por incorporarse. La mayoría de los galeones se construyeron en el puerto filipino de Cavite, donde se reunían los requisitos de un puerto seguro y buena madera, así como abundancia de mano de obra.

El caso de los marinos filipinos es en cierto modo documentable, pero no se ha hecho una estadística histórica que muestre las cifras de migrantes forzados. Las dimensiones de los galeones variaban notablemente y a pesar de múltiples intentos de regulación del tamaño de las naves por parte de la Corona Española, hubo una tendencia a “acrecentar” los barcos, hasta casi 1000 toneladas en algunos casos. Esto tuvo efecto directo sobre la demanda de marinos, pues un galeón de 500 toneladas empleaba una tripulación promedio de ciento cincuenta hombres. En tal caso, en los monumentales galeones de 1000 toneladas llegaban a necesitarse hasta doscientos cincuenta marinos. Un caso excepcional fue el gigantesco Santísima Trinidad que en un viaje llevó un total de 384 marineros; entre éstos, 40 artilleros, 100 marinos de primera y 200 de segunda (filipinos) y 44 soldados.

El trabajo de carpintería era coordinado por chinos y efectuado por filipinos, pero en muchas ocasiones el trabajo era terrible y sobre la base del repartimiento. “Por esta causa los habitantes de Pampanga se sublevaron en 1660 contra la obligatoriedad del corte de madera”
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Lyte Schurtz, William., p 180-190, The Manila Galleon. New York E.P.Dutton & Co, Inc. 1939. Existe una traduccion al español hecha por Pedro Ortiz Armengol, Eds. de Cultura Hispánica. Madrid, 1992.

domingo, 1 de marzo de 2009

Rasgos de la cultura asiática en México

Es difícil reconocer ahora la influencia de tantos pueblos en la cultura del México milenario. Muchos mexicanos piensan que son españoles, otros pocos se reclaman indígenas y un número muy limitado descubre su origen africano, árabe o judío. Los menos entienden que la cuarta sangre que corre por las venas de los mexicanos es de origen asiático. Esa división y jerarquización de los matices de la piel se remonta a la época virreinal que establecía una estricta segregación o regulación de las castas. En el México actual se representa como el racismo que no quiere decir su nombre y que duele como una permanente y sorda guerra de castas. No obstante, a principios del presente siglo comenzamos, lenta y dolorosamente, a reconocer nuestro origen como un pueblo variado y original en el que se incluyen todas las posibilidades.

Al intentar abordar la influencia asiática en México, no se pretende discutir el origen asiático de los pueblos indígenas que cruzaron el estrecho de Bering ni las influencias que probablemente existieron en el período precolombino. En cambio este blog se ocupará de mostrar las evidencias históricas que han dejado las migraciones asiáticas iniciadas a partir del establecimiento de la ruta transpacífica a fines del siglo XVI, principalmente de individuos malayo-filipinos.

México mestizo

Para aquellos que estén cómodamente convencidos de que nuestro país mestizo es sólo la mezcla de dos razas: española y azteca (como si todos los pueblos indígenas hubieran sido iguales), podría sorprenderles la imagen de un México colonial en el que la minoría española era la dominante, la que usufructuaba los recursos de la colonia; que después del desastre poblacional del siglo XVI en que la población indígena se redujo dramáticamente, y que por lo tanto, el mosaico de colores era llamativo para viajeros como el italiano Gemelli Carrieri, quien refiere un curioso hecho que demuestra la presencia de una nutrida, o por lo menos representativa, colonia de filipinos en México. Durante su estancia en la ciudad de México, en 1697, presenció las celebraciones de semana santa y entre éstas varias procesiones organizadas por las comunidades religiosas, algunas compuestas por los indios y otras por los propios frailes. Una de ellas, de los padres de San Francisco, era llamada la procesión de los chinos, por estar integrada por indios filipinos. En aquella ocasión, los contingentes se enfrascaron en una disputa sobre la precedencia de cada uno, “de modo que se dieron con las mazas y con las cruces en las espaldas de tal manera que muchos quedaron heridos(1)   


La amalgama de colores y costumbres se dió por razones económicas, como la disminución de la población india, que fue sustituida en las minas por mano de obra traída principalmente de Africa. Por la vía del Pacífico también llegaron en cantidades menores individuos asiáticos, algunos en calidad de esclavos, forzados, o simplemente sirvientes vitalicios que se quedaron en México. Sin embargo es difícil establecer series estadísticas de migraciones asiáticas, a la manera en que lo hizo  Gonzálo Aguirre Beltrán en el caso de los negros, porque el traslado de los asiáticos era en gran medida ilegal y a cuentagotas. Varios de los filipinos que se quedaron en México lo hicieron sin embargo de manera legal y aprovecharon las ventajas de la legislación colonial que les daba la libertad.

En las próximas entradas se hará énfasis en el proceso de adaptación de los migrantes asiáticos y sus aportaciones al medio cultural mexicano.
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[1] Giovanni Francesco Gemelli Carrieri, Viaje a la Nueva España, México, ed. UNAM, 1976. p. 73-74.

Un enfoque diferente

Las maravillas orientales que se acumularon en México a lo largo de tantos años pueden servir tanto para el deleite estético contemporáneo como para corroborar el grado de opulencia y derroche que tenían las élites coloniales en la Nueva España.  Para los novohispanos, la producción y envío de plata en el galeón, a fin de adquirir las riquezas y lujos de Oriente, se consideraba  en sí mismo un fin productivo. Para la inmutable mentalidad colonial, no era necesaria la producción local de manufacturas, sino el comercio de productos a cambio de la plata que se sacaba en México. La experiencia del galeón refleja fielmente la mentalidad española del siglo XVI, que en un primer momento fue útil para hacer frente a la inmensa vastedad del Pacífico y a la diversidad de los pueblos que lo habitan, todos de pronto bajo la corona de España. No obstante, fue una mentalidad que no se atrevió al cambio. 





Es muy curioso constatar que en la actualidad el tema del galeón de Manila provoca sueños de grandeza en muchos historiadores mexicanos, que prefieren hablar de las riquezas antes descritas, y se olvidan con alarmante frecuencia de que en las bodegas de los galeones, junto con la seda y los marfiles, se trasladó una gran corriente de mano de obra forzada hacia ambos lados del Pacífico.  En mi opinión, los historiadores de México y de otros lugares de América Latina deben asumir su responsabilidad, dar un nuevo enfoque a sus investigaciones y  tratar de rebasar el simple placer estético del Galeón de la Plata. Ello enriquecerá sin duda la comprensión de las otras vinculaciones que han dejado huella tanto en Asia como en México.

Viajeros involuntarios

Cuando se habla del galeón de Manila es natural referirse a los tesoros acarreados a través del Pacífico durante 250 años de comercio entre dos colonias españolas, México y Filipinas. Especias, sedas, porcelanas, joyas, marfiles, muebles, hicieron del galeón la fuente mítica de maravillas originadas en el lejano oriente; un flujo de mercancías sostenido casi exclusivamente sobre la base de la plata mexicana, que inundó los mercados asiáticos a partir del siglo XVI y que siguió circulando en forma de pesos mexicanos a finales del XIX.

También es común referirse al intenso contacto cultural entre ambas colonias, producto del intercambio de bienes y personas, que influyó en culturas tan distintas como las de Filipinas y México. Este es un fenómeno de doble vía, que se percibe a través de varios indicios, en las costumbres, la comida, el lenguaje; que hoy día persiste, aunque obscurecido por el tiempo y la modernización, y que no ha sido estudiado sistemática y suficientemente.

En las próximas entregas trataremos de acercarnos al fenómeno de la migración forzada de filipinos a México a lo largo de más de dos centurias; un hecho que dejó marcas en algunas regiones de los actuales estados del Pacífico mexicano, como Michoacán y Guerrero. Para ello, por supuesto echamos mano de la información que brindan diversos estudios sobre la influencia asiática acerca de la cultura y las artes en México *, pero el esfuerzo principal es tratar de incorporar, en la medida de lo posible, elementos extraídos de los archivos históricos acerca de la migración de filipinos al territorio de Nueva España, usualmente en calidad de esclavos o semiesclavos, que trajeron consigo su cultura y sus costumbres. Abordaremos también el aspecto jurídico que permitió el tráfico de asiáticos hacia la América española, en evidente contradicción con las múltiples legislaciones que prohibieron la esclavitud de la población indígena en las colonias españolas o, con una clara simulación para evadirlas.

* González Galván, Manuel. Influencias Asiáticas en el arte colonial mexicano en La Expansión Hispanoamericana en Asia. Siglos XVI y XVII. Ernesto de la Torre Villar, compilador Mexico FCE 1980. pp 162 –165. “Algo de lo más importante es tomar conciencia de que estas influencias asiáticas, en nuestra vida diaria, no constituyen en la actualidad una presencia exótica sino una parte integrante de nuestra, un ingrediente medular y no pequeño de ella, consustancial ya de nuestra tradición distintiva, tanto que quizás por ello mismo lo ignoramos”.