miércoles, 29 de abril de 2009

Expedición sanitaria

La epidemia que afecta a México y que amenaza convertirse en pandemia, permite recordar que  la lucha contra otra enfermedad, la viruela, producida también por el estrechamiento de nuestro planeta, impulsó hace poco más de doscientos años a los hombres de ciencia a utilizar los recursos médicos a su alcance, en este caso la vacuna, para lanzar una batalla verdaderamente global. 

Corrían los años reformadores de la corona española,  gobernada por el rey Carlos IV, quien había perdido una hija víctima de la viruela,  lo que lo sensibilizó para  introducir algunos avances en la salud pública y en la actualización científica de su país.  En ese contexto, se autorizó una expedición científica dirigida por el doctor Francisco Javier Balmis (1753 -1819) patrocinada por  la Corona para diseminar la vacuna contra la viruela; una hazaña científica que enlazó de manera perdurable a México con Filipinas. 

La expedición salió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803, pasando por Puerto Rico y Venezuela, rumbo a México, donde operó a lo largo de casi un año. A finales de enero de 1805 llegó al puerto de Acapulco.  

Las crónicas señalan que se trataba de una rara peregrinación procedente de la ciudad de México, compuesta por veinticinco niños, cuyas edades oscilaban entre los cuatro y los seis años, provenientes de los hospicios de Valladolid, Querétaro y Zacatecas. "Llegaron a Acapulco para embarcarse con destino a Manila; eran portadores del beneficio de la vacuna contra la viruela, que tantos estragos había causado en la Nueva España, desde que aquel esclavo negro, Francisco Eguía, al servicio de Pánfilo de Narváez, la introdujo en 1520" (1).

Tomás Oteiza Iriarte señala que"en aquel tiempo no había manera de contar con ampolletas y la única forma de llevar de una parte a otra la vacuna, era, la de propagar su beneficio bajo la técnica de "brazo a brazo" a fin de mantenerla fresca. Con este procedimiento fue extendiéndose su aplicación por todas las colonias hispanas". La vacuna había salido de España en la corbeta "María de Pita"(...) con el propósito de introducir su aplicación por toda la América y las Filipinas. El Dr. Balmis contaba con una orden suscrita por el rey de España, para que tanto las autoridades civiles como las eclesiásticas, cooperaran con todos los medios a su alcance para su propagación y uso, sin obstáculos de ninguna especie".

"Como una medida efectiva y práctica el Virrey y Arzobispo de México expidieron circulares a todas las Intendencias y Obsipados, para que a su vez las hicieran extensivas a todos los Gobernadores y Alcaldes de los pueblos, así como también a las parroquias y capellanías, recomendándoles que al tener aviso de que llegaban a sus jurisdicciones el pelotón de niños y sus encargados, los recibieran como un Don del Cielo

Oteiza Iriarte menciona una crónica de aquella extraña procesión de niños:  "En Veracruz, Puebla, Oaxaca, Zacatecas y otras entidades del país, el doctor Balmis y su brigada sanitaria fueron recibidos con repiques de campanas, estallido de cohetes y música de alegres bandas".

"En Acapulco, el Gobernador del Castillo y el Alcalde, el párroco con sus acólitos acompañados por muchas gentes (sic) del pueblo, salieron a recibir a los infantes hasta el punto llamado La Garita, donde formaron una procesión, llevando en alto un niño que traía la vacuna antivariolosa en su bracito, semejando una imagen viviente; seguíanlo el sacerdote y las autoridades para así hacer comprender a las multitudes que era todo un bien, ese medio de combatir el grave mal. Hicieron su entrada a la ciudad, cantando la letanía de los santos, y una vez en la iglesia se llevó a cabo una función religiosa en acción de gracias. La confianza que despertó este proceder en el ánimo de las gentes (sic), permitió que al día siguiente se vacunaran muchos niños".

"Si de por sí, la salida del galeón de Manila del puerto de Acapulco era todo un acontecimiento, en esta ocasión, tuvo resonancias mayores, pues muchas madres que veían partir a aquellos niños sólo al cuidado de hombres rudos, les causaba profunda pena. Salieron de Acapulco el 5 de febrero de 1805 rumbo a Manila.  Tuvo una escala en Macao y otra en Cantón. Una vez cumplida su misión, prosiguieron el viaje de retorno a España, dándole así la vuelta al mundo".

Los resultados científicos de aquella expedición siguen siendo motivo de estudio para los historiadores, pero deja en la memoria un importante vínculo que une a México con Filipinas.

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Tomás Oteiza Iriarte. Acapulco: La Ciudad de las Naos de Oriente y de las Sirenas Modernas. Edición del autor. 1965, pp. 161-162.

martes, 28 de abril de 2009

El galeón en su región

Hemos mencionado que, a través del sistema comercial del galeón, España tomó bajo su control una red preexistente de abasto e intercambio en la región del sudeste asiático, que desde siglos antes estaba en manos de chinos, malayos, indios y otros pueblos. En ese contexto, Filipinas cumplió un papel muy especial para articular el comercio regional con el sistema mundial.

Debe agregarse que el galeón de Manila fue el sistema de transporte de más larga duración en la historia, por un lapso contínuo de 250 años, y también el más conspicuo ejemplo de la primera globalización económica del mundo, así como de la inserción de muy variadas y dispersas economías locales dentro de un esquema complejo de comercio y dominio políticos, en aquel entonces bajo la égida europea.

En próximas entregas trataremos de abordar este tema, que toca elementos geopolíticos, pues indica la relaciones de poder entre los comerciantes españoles en Filipinas, los comerciantes en México y en Perú, y todos ellos en disputa contra el monopolio comercial de Sevilla. El tema administrativo abarca aspectos como la subvención para mantener a Filipinas, el controvertido Situado, la regulación de las mercancías y los costos económicos de la presencia de otras potencias, como Holanda e Inglaterra, sea de manera legal o encubierta a través de los piratas.

* * *

En ese contexto, abordaremos también una tendencia de investigación académica que se comenzó a desarrollar a partir de los años setenta del siglo pasado, orientada a identificar, primero, la inserción local-regional de ese comercio en el conjunto mundial y, segundo, a comprender los efectos locales de tal inserción (1).

Por ello, en etapas recientes se registran dos tendencias historiográficas en Asia, y específicamente en Filipinas:


a) la intención de “escapar de Manila” para estudiar a las otras regiones de Filipinas y


b) entender a Filipinas como parte de una región más vasta, el sudeste de Asia, y la dinámica que la conectaba con China y la India.



Desde su fundación en 1572, Manila se convirtió en uno de los focos del comercio, un enclave, entre China y Europa, por un lado, y entre Asia y América, por el otro, y simultáneamente de la propia región del sudeste de Asia. De tal forma, el movimiento comercial de Manila dependía de lo que comerciantes provenientes de todo el mundo traían y de su ritmo de visitas a Luzón, la mayor isla del archipiélago de las Filipinas.


Los estudios de historia regional y de historia social sobre Filipinas han generado desde los años setenta una imagen más completa de la historia y la sociedad filipinas. Se comienza a dejar atrás el enfoque dominante formulado a través de los siglos por los religiosos que hispanizaron el archipiélago. Es muy significativo que los análisis modernos de la(s) sociedad(es) filipinas hayan dejado atrás la imagen tradicional de una comunidad pasiva y retrasada, anclada en los valores cristianos (2).


Tales estudios describen una sociedad dinámica, o conjuntos de sociedades, denominadas barangánicas por ser núcleos de población más o menos autónomos: los barangay, que comparten una misma cultura en el archipiélago filipino, mismos que han cambiado constantemente a lo largo de cuatro siglos de historia registrada en respuesta a estímulos de tipo económico, demográfico y tecnológico (3).


El hecho de que Manila fuera el puesto más remoto del imperio español, se tradujo en un grave descuido de su desarrollo; donde el uso de los recursos locales se realizaba conforme a las necesidades del galeón, como madera y alimentos para las naves y la mano de obra para construirlas, sin ocuparse ni propiciar el crecimiento de una industria local. No obstante, como contraparte, al no ser una economía colonial monolítica, Filipinas mantuvo vigentes múltiples rasgos culturales originales, compartidos por cierto con sus vecinos de la rama malaya.


El gran lamento sobre la miseria económica y política de Filipinas por parte de su héroe nacional, José Rizal, quedó plasmado en sus novelas Noli Me Tangere y Filibusterismo. En ellas describe la mentalidad colonial de españoles y mexicanos en las islas.


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(1) John A. Larkin, The Place of Local History in Philippine Historiography, Journal of Southeast Asian History, No. 8, Sept. 1967. Philippine Social History, Global Trade and Local Transformation, ASAA Southeast Asia Publication Series, edited by Alfred w. McCoy and C. de Jesús. Sidney, Australia, Ateneo de Manila, University Press, 1982.


(2) Un trabajo importante es el de Onofrio D. Corpuz, The Roots of the Filipino Nation, Philippine Centennial, 1986 Edition.AKLAHI Fundation,Inc. Quezon City.Philipines. dos volúmenes.


(3) Scott William Henry, Barangay, Sixteenth-Century Philippines Culture and Society, Ateneo d ManilaUniversity Press, 1994. Anthony Reid. Southeast Asia in The Age of Commerce (1450 – 1680). Two volumes. Silkworm Books, Chiang Mai, Thailand, 1988.

domingo, 26 de abril de 2009

Palabras españolas en Filipinas

A manera de curiosidad, a continuación se incluye una lista de palabras del idioma Español que son de uso cotidiano en Filipinas, y que fue incluía en un informe de Arturo Guevara Sánchez acerca de la historia de los agustinos descalzos en México y de su influencia en aquel país. Las palabras, advierte el compilador, están escritas tal como se pronuncian (1).

ABALORYO. Cuenta.
ABITSUÉLA. Frijol.
ALSÁ. Rebelión, alzamiento.
BINDITA. Bendita.
BÓBO. Tonto.
BÚLIK. Plumaje blanco y negro. Se le dice asía a las gallinas que tienen dichos colores.
DESPERADO. Desesperado.
DIYÁNITOR. Conserje.
HÚDAS. Judas. traidor.
IMPLUÉNSA. Gripe.
KALÉSA. Calesa, coche antiguo.
KAMINERO. Barrendero. Persona que barre los caminos.
KANDÍLA. Vela.
KANTERO. Albañil. Tallador.
KAPÓN. Animal castrado. Generalmente esta palabra se aplica a los cerdos.
KATRE. Cama.
KOMPADRE. Compadre.
KORREGIDOR. Alude a un puesto en la antigua administración española. Se trata de un antiguo magistrado judicial, alcalde con nombramiento real que se desempeñaba en algunas de las poblaciones importantes.
KUMBIDADO. Invitado.
KUNSENTIDOR. Persona que admite algunos actos que no se supone que haya hecho.
KURSÓ. Diarrea.
LANSETA. Lanceta. Hoja para hacer cortes sutiles. Naaja.
LITRATO. Fotografía.
MANÍ. Cacahuate.
MASETERA. Maceta.
MASO. Martilo grande.
MASYADO. Excedido.
MÉXICO. Población de Pampangas, en la isla de Luzón, Filipinas.
MONGHA. Monja.
MORKÓN. Morcilla. En algunas partes de México se le dice así a las personas gordas o desaseadas.
PABO. Pavo, guajolote.
PALENGKE. Mercado.
PALIKÉRO. Ligereza.
PAROL. Farol.
PISETA. Peseta. Moneda.
PULIS. policía. Poner en policía era poner en orden.
PUTSÉRO. Caldo, puchero.
RESÚLTA. Fin, resultado.
RETRATISTA. Artísta. Fotógrafo.
SALAKOT. Sombrero indígena hecho con hojas de una planta.
SANTACRUSÁN. Fiesta de las flores de mayo.
SARÁDO. Cerrado.
SAYÓTE. Un tipo de verdura.
SIPÓN. Catarrro. Resfriado.
SORBETE. Golosina.
TARANTADO. Persona que comete errores con frecuencia.
TINDERO. tendero.
TISA. Gis.
TOKAYO. Tocayo.Se dice de la persona que tiene el mismo nombre que otra.
TSAMPURADO. Bebida alimenticia.
TSÁPERON. Chaperón.
TUBERO. Plomero.

Podría observarse que algunas de estas palabras parecen ser adecuaciones que provienen del idioma Inglés, como Desperado, Diyánitor (The Janitor) Impluensa (ahora tan de moda en México, influenza), Maní, Pulis (más bien derivado de Police).


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(1) Arturo Guevara Sánchez. Los agustinos descalzos: Breves noticias de su vida y logros en México y Filipinas. Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2006. Colección Obra Diversa. Apéndice 2.

sábado, 25 de abril de 2009

Forzados y reclutas mexicanos III

Entre los migrantes que llegaban a Manila se registra la presencia de prisioneros americanos, mexicanos y de otros reinos, que debían purgar su condena en el exilio. Cuando se avecinaba el tiempo de la leva para obtener soldados para Manila se tomaba en cuenta a los convictos en las cárceles que estaban cumpliendo sus condenas y, en algunos casos, personas que eran buscadas por la justicia, a quienes se dictaba orden de captura.

"Entre los reos que se enviaban a Filipinas hubo convictos de diferentes delitos: homicidio, sodomía, adulterio, concubinato y otros. Pero lo más frecuente eran acusaciones como vagancia, vida irregular, ociosa, afición a los juegos de azar y otros (...) Eran fundamentalmente gente de extracción urbana desempleada o subempleada que pertenecía o se juntaba con grupos segregados de la sociedad, practicantes de actividades no bien vistas" (1) .

Volveremos sobre este tema de la vagancia, porque fue motivo de quejas de los administradores coloniales en Filipinas y un asunto recurrente en la percepción que se tenía de la población criolla en la Nueva España.

Debido a la variedad de faltas, la condena en Filipinas también fluctuaba entre los dos y los diez años. "Pero para algunos cumplir la sentencia no significaba el retorno inmediato a la patria, sino justamente hubo penas en las que se explicitaba que, terminado el tiempo, no pudiesen volver a la Nueva España sin especial permiso de la Audiencia de México"

Los lugares de condena eran los presidios de Samboanga, Cavite o las islas Marianas, a mitad del camino entre México y Filipinas. De cualquier modo, en el imaginario colonial quedó firmemente asentada la frase:

"Mandar a Manila" a alguien, como una forma para deshacerse de personas indeseadas por la sociedad, familiares incómodos o perseguidos políticos.

Los reos por vagancia, los desertores del ejército y personas denunciadas por sus familia por su "mala" conducta eran otras fuentes de abasto de la milicia enviada a Manila. No obstante, en las vísperas de la Independencia de México se agregaron a ese grupo los llamados "infidentes", acusados de ser traidores de España. Ellos eran vistos como enemigos de la Corona, sobre todo en la última etapa colonial, cuando se tambaleaban los cimientos del régimen. Se echó mano del destierro en presidios ultramarinos como Cuba, Puerto Rico, Ceuta en el continente africano, las islas Marianas y Filipinas.

Un análisis de archivos de esa época, elaborado por Andrés del Castillo, señala que fueron desterrados a Filipinas infidentes de la zona centro del país, principalmente, de ciudades como Querétaro, México, San Luis Potosí,y específicamente de pueblos como Huichapan, Milpa Alta (2). Muchos de ellos no volvieron al México que había adquirido su independencia de España. "Con el reconocimiento del gobierno español de la Independencia de México, en 1836, y la firma del tratado de amistad México -España, se declaró inexistente la causa de su aprehensión, los infidentes americanos fueron exonerados y pudieron regresar a México".
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(1) María Fernanda García de los Arcos. Forzados y reclutas. Los criollos novohispanos en Asia (1756 - 1808). Potrerillo Editores S.A. de C.V. México, 1996. P 118 -119.

(2) Andrés del Castillo. Los infidentes mexicanos en Filipinas. En El Galeón de Manila. Un mar de historias. Consejo Cultural Filipino - Mexicano. JGH Editores. México 1997. Pp. 157 - 173.

jueves, 23 de abril de 2009

La primera doctrina cristiana, 1593


En una entrega anterior, celebrábamos la creación de la nueva Biblioteca Digital Mundial creada por la UNESCO. En ella se encuentra disponible un acervo de imágenes de todo el mundo que, de verdad, abre un horizonte muy amplio para observar a través del tiempo y de los espacios regionales las diversas culturas del planeta.

Pues bien, en esa biblioteca se encuentran imágenes poco conocidas de lo que fue la primera doctrina cristiana publicada en Manila en 1593. Se denomina Doctrina Christiana en letra y lengua Española y Tagala, corregida por los Religiosos de las ordenes. Impresa con licencia en San Gabriel, de la Orden de Santo Domingo. En Manila, 1593.

El único ejemplar existente se conserva en la Biblioteca del Congreso, en Washington. Fue localizado en Italia durante la segunda Guerra Mundial y adquirido por William H. Schab, de Nueva York, en 1946, y después por Lessing J. Ronsewald, quien lo donó a la biblioteca donde ahora se conserva. Está escrito en lengua Tagala, la prehispánica o Baybayin, y la actual. Mide 20.5 por 14.5 cms.

La importancia de este y otros impresos de la época deriva del hecho que, oficialmente, la imprenta de tipos. o caracteres móviles, entró a Filipinas hasta el siglo XVII. No obstante, el descubrimiento de este texto indica que los misioneros construyeron una imprenta rústica xilográfica, ya a finales del siglo XVI. Durante mucho tiempo, siglos, se dudó de la existencia de esa imprenta. Sólo algunos filipinistas, como Wenceslao Retana, afirmaron que la imprenta "no fue importada sino creada en Manila (...) Debió haber una a modo de semi-invención de la imprenta" (1). El descubrimiento de este y otros impresos a mediados del siglo pasado confirmaron esa sospecha.

Otros textos de la misma época, igualmente importantes por haber empleado la imprenta xilográfica, son dos doctrinas escritas en idioma Chino, destinadas a los comerciantes de ese origen que vivían a las afueras de Manila, en el barrio de Binondo, conocido como Parián (2).

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(1)W. Retana. La imprenta en Filipinas. Origenes de la imprenta filipina, Madrid, 1911, Pp. 40 -41.

(2) J. Cobo y F. Villarroel. Pien Cheng-Chiao Chen-Ch´uan Shih-Lu. University of Santo Tomás, Manila 1986. Reproducción facsímile del original chino impreso en Manila en 1593.

miércoles, 22 de abril de 2009

Nuevo sitio de UNESCO

Un verdadero motivo de celebración es el lanzamiento realizado el martes pasado en la sede de la UNESCO en París de una Biblioteca Digital Mundial. Se trata de un sitio internet gratuito y multilingüe que contiene documentos históricos originales de numerosos países y culturas del mundo. Un sitio verdaderamente útil y bello, muy recomendable.

El sitio ofrece un acceso directo a archivos digitalizados de mapas, fotografías y libros, que se encuentran disponibles en bibliotecas localizadas en todo el mundo. Funciona en siete idiomas y cuenta con contenidos en más de cuarenta lenguas. Algo fundamental es que, por sus características, permite la investigación intercultural y a través de distintas épocas.

El portal electrónico ha sido concebido y preparado por un equipo de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. La Biblioteca Alexandrina de Egipto ha prestado su asistencia técnica a la realización del proyecto. También han contribuido con sus conocimientos especializados y han aportado contenidos al sitio web las bibliotecas nacionales y algunas instituciones culturales y educativas de Arabia Saudita, Brasil, Egipto, China, Eslovaquia, los Estados Unidos de América, la Federación de Rusia, Francia, Iraq, Israel, Japón, Malí, Marruecos, México, los Países Bajos, Qatar, el Reino Unido, Serbia, Sudáfrica, Suecia y Uganda.

La Bilioteca Nacional de China aporta a su vez toda una serie de manuscritos, mapas, libros y reproducciones de estelas y huesos para oráculos, que abarcan el conjunto de la historia de China, desde la antigüedad hasta la historia moderna.

México aporta digitalizaciones de mapas, códices, textos y fotografías de enorme interés.

La sección dedicada al sudeste de Asia es de verdad interesante y de ella nos ocuparemos próximamente.


martes, 21 de abril de 2009

Forzados y reclutas mexicanos II

Para garantizar la defensa de Filipinas se echó mano del reclutamiento de soldados provenientes de la Nueva España, aunque también se registraron casos de soldados provenientes de la península. El sistema empleado era la leva o reclutamiento forzoso, conocido entonces como banderas de enganche. Las fórmulas para "atraer" candidatos y el número de reclutas cambiaban frecuentemente, pero en esencia el sistema consistía en las siguientes tareas, según relata la doctora María Fernanda García de los Arcos:
1. El establecimiento de banderas de enganche, o casas de reclutamiento.
2. La autopostulación, es decir la petición que algunos jóvenes presentaban para que se les permitiese pasar a las Filipinas en calidad de soldados distinguidos.
3. El excarcelamiento de convictos o detenidos inculpados de determinados delitos.
4. Las capturas de varones, bajo el cargo de haber sido sorprendidos cuando se hallaban delinquiendo o de observar una conducta irregular, viciosa, o simplemente de frecuentar lugares mal vistos o compañías que la moral oficial no consideraba recomendables.
5. La "presentación" por parte de algún familiar cercano del propio individuo, es decir, la denuncia con la solicitud de que se le destinase a Asia.
6. El alistamiento de los que ya eran veteranos del ejército, soldados o suboficiales.
7. El destino forzoso de desertores de reincidencia.
Como se puede observar, la intención inicial era que los participantes se apuntaran voluntariamente y con una idea clara de lo que iba a ser su misión en el otro lado del océano. No obstante, los mecanismos que fueron utilizados muestran diversas formas de coaccionar para lograr que los jóvenes de enrolaran en la milicia de Filipinas, muchas veces por deudas de juego. Y lo más lamentable es que las centros de reclutamiento, o Casas de Banderas, operaban como lugares de apuestas.

"La forma de atraerlos era una verdadera timba, una casa de juego, donde un coime recibía a todo el que allí se presentase. Le preguntaba si tenía alguna prenda para pignorar y, en caso afirmativo, le entregaba por ella la mitad de su valor. Si el hombre cumplía con los requisitos para servir al ejército, se le iba dando una cantidad por cada objeto empeñado y, si acababan, se le facilitaba un préstamo de unos cinco pesos para que los invirtiera en un juego de naipes. Si perdía el dinero y no tenía cómo reponerlo, el sargento lo llevaba a una dependencia de la casa que llamaban vulgarmente el salvado o el pulguero, en la que se mantenía detenidos a todos aquellos a quienes tan triste suerte había tocado, hasta que llegaba el momento de ponerlos en marcha para embarcar rumbo a Manila". (1)
La treta empleada por los militares para atrapar jóvenes reclutas fue denunciada ante las autoridades coloniales, que ordenaron su abolición. La historiadora García de los Arcos documenta que en 1781 y 1783 se hicieron denuncias ante la Corte en España por los excesos que se cometían en las Casas de Banderas, también conocidas como Banderas de China, por cierto dos de ellas situadas en la ciudad de México. Muy pocos de los reclutas se salvaban del envío a Manila, gracias a la interseción de algún funcionario o el pago de un rescate por parte de sus familiares. Después del escándalo producido, se ordenó 1787 eliminar los métodos de coacción y procurar obtener voluntarios en forma transparente.

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María Fernanda García de los Arcos. Forzados y reclutas: Los criollos novohispanos en Asia (1756 - 1808). Potrerillos Editores S.A. de C.V. México. 1996. P.85. La autora cita una carta de don Pedro de Cosío a don Pedro José de Lemos, del 28 de noviembre de 1781, localizada en el Archivo General de Indias 929.

domingo, 19 de abril de 2009

La encomienda en Filipinas

Cuando Filipinas fue colonizada, las conquistas de México y Perú habían concluido, pero quedaba fresca aún la controversia entre Fray Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre los excesos cometidos en esa etapa. Esta polémica dejó asentados principios generales del derecho indiano que fueron utilizados a lo largo de siglos para proteger los derechos de los indios en América y en Filipinas. Como ya se mencionó, no alcanzaron plena vigencia las leyes nuevas en 1542 y en épocas posteriores se procuró un nuevo cuerpo jurídico para renovarlas, a pesar de que su aplicación provocó protestas generales de los colonizadores.

La encomienda en Filipinas se estableció finalmente el 16 de noviembre de 1568. La carta real que establecía la encomienda entre los soldados dice, a la letra 
“encomendaréis y repartiréis conforme a la ley de sucesión de los yndios los pueblos que os pareciere de esas yslas que se reduxeren a nuestro servicio con tanto que no encomendareis ni reparais las cabezeras y puertos de  mar ni lugares poblados de españoles porque estas an de quedar para nuestra corona Real como mandamos que queden. Carta Real de Legazpi. El Escorial, 16 de noviembre de 1568. AGI, Filiinas 339, T.I, Citado por Nuchera. P.35.

Desde una primera etapa, la respuesta de los conquistadores en Manila a la prohibición española de tener esclavos filipinos fue introducir la esclavitud española. Esto significa que podría comerciarse con esclavos extranjeros por métodos que no se consideraban injustos debido a que era de raza y religión diferente, no sujetos a la corona española.

La ocupación española en la isla de Luzón y el reparto de la población en encomiendas generó una demanda constante e irrefrenable de trabajo esclavo, tanto para el mantenimiento de la colonia española, como para satisfacer la construcción de barcos. Ello fue debatido con pasión por los religiosos reunidos en el Sínodo de Manila de 1582 que prohibieron una y otra vez la práctica esclavista pero con magros resultados (1).

Un defensor del derecho de los indios, a la manera de Bartolomé de las Casas fue el obispo Domingo de Salazar, quien argumentó en todo momento contra la esclavitud de los filipinos. Sin embargo quedó abierta la posibilidad de apresar esclavos provenientes de otros lugares. (2).

Un ejemplo de esa diferencia entre los propios filipinos se encuentra en la descripción hecha en ese tiempo por uno de los primeros misioneros españoles en las islas, fray Martín de Rada, quien después de haber vivido cuatro años en México, describió con fina atención a la sociedad filipina pre-hispánica. Explica que la gente de Luzón era más pacífica que los del resto del archipiélago, como era el caso de los zambales y los maguianos de Mindoro
 “que son como los chichimecas dessa nueva españa” y que son más “bellicosos, pero en robos, hurtos, tiranías de hazienda y personas y aún por nada de deuda, que alguno le deviesse, yr a su pueblo y matar al primero que las sementeras hallasen”.  

Rada informa que existen cuatro formas o razones para esclavizar entre los indios: esclavos antiguos, por nacimiento, por delitos o por deudas.

Los colonos españoles, interesados en mantener sus privilegios, aprovecharon el resquicio legal para abastecerse de esclavos que tuvieran tales características.
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(1) El Sínodo de Manila fue estudiado por Jose Luis Porras como tesis doctoral con el mismo nombre en 1985. Editada por Historical Conservation Society. Vol LII.  Manila 1990.

(2) texto rescatado por Lewis Hanke en Cuerpo de documentos del siglo XVI sobre los derechos de España en las Indias y en Filipinas. Fondo de Cultura Económica. México. Primera reimpresión, 1977. Pp. 119-270

(3) Carta del P. Martín de Rada, OSA, al Padre Alonso de la Veracruz, OSA, dándole noticias de las costumbres, ritos y clases de esclavitud que hay en las Filipinas, con otras  informaciones importantes de las Islas. Fechado el 16 de julio de 1577. Este texto se encuentra en Historia de la Provincia Agustiniana del Santísimo Nombre de Jesús,conocido como HPAF, compilada por Isacio R. Rodriguez, Vol. XIV,  Manila 1978, pp. 476 a 494.  

sábado, 18 de abril de 2009

Palabras Filipino Guerrerenses

Al puerto de Acapulco y, por extensión a varias partes de México, también llegó un lenguaje diferente, asiático. Las siguientes palabras fueron enlistadas por  el viejo político mexicano Alejandro Gómez Maganda  como parte del lenguaje popular en el estado de Guerrero en la primera mitad del siglo XX. Muchas de ellas están en desuso, pero muestran cierta influencia del lenguaje filipino en la zona de la costa guerrerense.  Quizás algunas de éstas no tienen origen en Asia, pero quedan en la memoria de ese autor como si fueran filipinas. Cabe señalar que tales términos todavía se registraban  en la vigésima edición del Diccionario de la Real Académica de la Lengua Española, en 1984.

Arrecha                      Ardiente, exitación sexual (¿del latin arrectus?)

Cambullón                 Tumulto (¿del portugués Cambulhao?)

Guiguili                      Cosquillas

Gorgoreta                 Recipiente de barro para servir agua en la mesa, con línea griega. En Filipinas también le llaman Alcarraza, de origen Arabe

Huaca                         Barullo burlesco

Linogao                       Similar al arroz de leche, pero cocido  solamente con panocha (azúcar  morena), arroz y agua.

Melarchia                  Melancolía. Se pronuncia Melarquía

Ñaco                           Chato en exceso

Paliacate                   Pañuelo estampado de origen indio. Probablemente la palabra es una deformación de pañuelo de Calicut

Pepenar                     Recoger

Pochunco o Purungo  De pelo rizado.

Séspero                       Borbollón, chorro de agua.

Tilinque                      Tirante, estirado

Tiricento                    Enfermedad del sueño

Zambaripao              Equivale a la morisqueta

Zambo/zambaigo    Mestizo de chino e india

Zanca                          Gran amigo

Zarangola                   Papalote

Zaragate                     Especie de duende, entrometido. Se usa en América Central, México, Perú y Venezuela como persona despreciable.

En la ruta del Galeón de Manila fueron quedando palabras regadas de muy diversos orígenes. En próximas entregas procuraremos buscar la opinión de los expertos del idioma, capaces de reconocer el origen de estas voces que hablan de un rico intercambio cultural a través del Pacífico. 

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(1) Alejandro Gómez Maganda. Acapulco en mi vida y en mis tiempos. Libro Mex Editores. México. 1960. Pp. 303 -305.

Forzados y reclutas mexicanos I

La administración colonial española en Filipinas contaba con una guarnición militar en Manila, abastecida con soldados mexicanos, que viajaban desde Acapulco. La doctora María Fernanda García de los Arcos explica, con abundancia de datos, que "el promedio anual fue de unos doscientos, lo cual, visto desde la perspectiva de los dos siglos y medio que duró la relación transpacífica del virreinato con Asia, daría una cifra relativamente importante. Se trató seguramente del caso de migración más numeroso entre una y otra orilla del océano Pacífico en aquella época y fue una de las causas de que hasta el momento de la independencia de México, el peso de la comunidad mexicana en la colonización de las Islas fuera considerable. Su influencia cultural ha llegado hasta la actualidad".

La Nueva España jugó un papel central en la colonización de las islas filipinas, debido a que los lazos comerciales pasaban por tierras americanas. Aquí se concentraban los marineros, los comerciantes y los soldados de la guardia de Manila, que viajaban en la carrera imprevisible y muchas veces peligrosa hacia el Poniente. La propia administración de las islas se concentraba en la ciudad de México.

El aspecto militar resulta por demás interesante, ya que se relaciona con el hecho de que la soldadesca que era enviada a Filipinas provenía básicamente de México y en su gran mayoría de la población criolla (españoles nacidos en América) que era abundante en la sociedad colonial de aquella época y por lo común sin empleo productivo. Las islas eran atractivas sólo para quienes tenían la ventaja del lucro, como los dueños de comercio o los administradores, o eran atraídos por un interés misionero que veía a Filipinas como trampolín para seguir hacia otros puntos en Asia.

Aquellos soldados estaban destinados a una incierta situación en la que habrían de vivir por años o en muchos casos por el resto de sus vidas. Iban destinados a ser guardias en las islas, al mando quizás de soldados locales. Su función tendría al cabo de los siglos una ventaja adicional, que fue transmitir la cultura hispana, con tonos mexicanos, a la población de las islas. De esta manera se fueron conformando dos estamentos diversos de colonos hispanos en los dominios asiáticos: la élite administradora y comercial, por un lado y de una masa de pobladores sin recursos, "blancos" criollos en gran parte nacidos en México.

En Filipinas se conocía a los reclutas mexicanos por el mote de guachinangos, quizás por su tez blanca y enrojecida por el sol del trópico.

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La demanda de soldados en Filipinas procuraba hacer frente a diversos peligros que corría la joven colonia filipina: por un lado, el constante asedio de los piratas ingleses y holandeses en los primeros años del siglo XVII. Por otro, el temor a las insurrecciones violentas de los chinos en la propia capital y en tercer lugar, a la necesidad de controlar las zonas del sur de Filipinas pobladas por musulmanes. Año con año los administradores exigían el envío de tropas para garantizar la supervivencia de Filipinas. Incluso en algún momento se pensó que sería inviable sostener la colonia ante el embate de tantos enemigos internos y externos. En respuesta, la corona española ordenaba, aunque casi siempre con retraso, el envío de soldados para reforzar el Regimiento de Infantería del Rey en Manila.

A fin de cumplir con las disposiciones reales de envío de soldados se establecía un procedimiento complejo: recepción de la petición por escrito que el gobernador de Filipinas hacía al virrey de la Nueva España; 2) el reclutamiento propiamente dicho que comportaba diversas modalidades; 3) el traslado de los seleccionados a la ciudad de México; 4) el viaje hasta Acapulco, 5) el embarque de los contingentes en este puerto del Pacífico con destino a Asia.

Daba inicio entonces lo que se llamó la bandera de enganche, un sistema de reclutamiento que incluyó abusos y engaños para llamar a jóvenes mexicanos con destino a Manila. De este tema hablaremos en una próxima entrega.
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María Fernanda García de los Arcos. Forzados y reclutas: Los criollos novohispanos en Asia (1756 - 1808). Potrerillos Editores S.A. de C.V. México. 1996.

jueves, 16 de abril de 2009

Cicatrices de la Fe



El arte de las misiones del norte de la Nueva España, 1600 -1821, una exposición en el Antiguo Colegio de San Ildefonso en la ciudad de México, es un intento por recuperar fragmentos de la historia de sitios dispersos entre las sierras y los desiertos.

Una exhibición que traspasa fronteras, al menos la línea impuesta en tiempos modernos, y muestra la obra de las misiones del norte de México y el sudoeste de Estados Unidos.

miércoles, 15 de abril de 2009

Misiones

En el medio católico, el concepto de misión puede ser entendido alternativamente como el impulso individual por alcanzar un estado de salvación religiosa o como el traslado  geográfico de los hombres de la iglesia hacia nuevos espacios a fin de propagar la fe. En esta segunda acepción, la del despliegue de hombres a nuevas fronteras, fue fundamental la construcción de recintos religiosos rodeados de centros productivos, que garantizaran la acción misionera entre nuevas poblaciones. La historia misionera está llena de brillantes ejemplos y sigue siendo un motivo de intriga para los expertos del arte y de las expresiones culturales.

A partir del siglo XVI, a iglesia católica promovió una de las empresas más complejas y dinámicas al lanzar a miles de hombres inspirados en una misión para fundar misiones en los territorios más alejados en América  y en Asia. La fuerza motriz de este proceso fue sin duda la ruptura interna de la cristiandad durante el siglo XVI, entre protestantes y católicos, que generó la llamada Contrarreforma, donde España jugó un papel central y dentro de ella la Compañía de Jesús.

En este blog abordaremos la experiencia misionera desde el punto de vista político y cultural, principalmente, dadas las consecuencias de gran duración que dejaron huella en la vida de los pueblos de América y de la proyección occidental hacia el continente asiático. En esta exploración trataremos de acercarnos a las diversas experiencias misioneras de otras órdenes religiosas que, como los agustinos, cumplieron un importante papel en la relación entre México y Filipinas.

Por lo pronto, vale celebrar que en México ha venido madurando una apreciación más sólida de todos estos procesos, desde un punto de vista histórico y no meramente esteticista.  Un ejemplo de ello es la exposición que se inaugura el día de hoy en el Antiguo Colegio de San Ildefonso (ACSI) del centro de la ciudad de México.

Cicatrices de la fe: el arte de las misiones del norte de la Nueva España (1600-1821), es una exposición de piezas variadas, entre pinturas, esculturas, platería, textiles, muebles, mapas y libros, provenientes de las misiones en las regiones septentrionales de lo que fue la Nueva España. La exhibición ha sido diseñada por Clara Bargellini de la Universidad Autónoma de México y el experto estadounidense Michael Komanecky.

Se trata de una importante exposición que destaca la labor de las misiones jesuítas y franciscanas en el norte de lo que fue México, incluyendo los territorios actuales de Texas y Nuevo México, en Estados Unidos.

La doctora Bargellini ha venido realizando  por muchos años una detallada investigación de las misiones, en clave histórica y social, que la ha llevado a regiones inaccesibles de la sierra Tarahumara y de los desiertos del noroeste de México. En un ensayo publicado el año pasado planteó una cuestión metodológica de primer orden: cómo caracterizar y valorar la arquitectura y el arte de las misiones jesuitas novohispanas, utilizando nuevos enfoques que rebasen la simple idea de centro y periferia. La pregunta surge por la importancia y magnitud de tantas misiones que se extienden por el norte de México, las Californias y el sur de Estados Unidos. El centralismo cultural de nuestro país ha descuidado el análisis de aquellas misiones.

Las evidencias disponibles permiten pensar que los misioneros del siglo XVII llevaron adelante su obra imbuidos por el deseo de crear verdaderos centros de difusión y no meras estaciones en la remota periferia.

La doctora Bargellini señala que “las misiones fueron establecidas como parte de la expansión territorial del imperio español, y su situación actual de relativo abandono y desconocimiento puede relacionarse con el centralismo que rige todavía los estudios de la historia del arte y la arquitectura en México”. A finales del siglo XVII “las misiones de la Tarahumara no sólo estaban al centro de un sistema de aprovisionamiento. No eran meros lugares donde se recibían indiscriminadamente ideas, objetos y procesos tecnológicos elaborados en centros metropolitanos. También habían llegado a ser centros de producción".

Queda aún mucho por descifrar, pero este tipo de analisis abre camino para una intepretación más acertada de una cultura que había quedado en la oscuridad por muchos siglos.

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Clara Bargellini. Arquitectura jesuita en la tarahumara ¿Centro o Periferia?.  En Ordenes religiosas entre América y Asia. Ideas para una historia misionera de los espacios coloniales. Elisabetta Corsi, coordinadora.Colegio de México, 2008. Pp.143 – 155.

domingo, 12 de abril de 2009

Antonio de Morga


En 1609 se publicó en la ciudad de México, en la imprenta de Gerónimo Balli, el libro Sucesos de las Islas Filipinas. Se trata de la primera historia integral de aquel país en su etapa inicial y que habría de tener una influencia enorme a lo largo de los siglos para el entendimiento de ese momento crucial del entrecruzamiento entre Oriente y Occidente. Escrita por el doctor Antonio de Morga, quien había vivido en Manila desde 1595, donde llegó como Teniente del Gobernador, pero al reestablecerse la Audiencia de Manila en 1598 fue nombrado primer Oidor.

En raras ocasiones, un administrador ha logrado reunir en una obra una visión tan completa de los aspectos culturales, políticos y económicos de un país. En ella inaugura una fórmula distinta a la crónica e introduce en su voluminoso libro elementos concretos de evaluación, precios, movimiento de mercancía, asuntos políticos candentes y testimonios de diversos actores de aquel momento en que se iniciaba la colonización de Filipinas. En opinión del historiador Lothar Knauth "el juicio sobre Morga, historiador, no puede ser sino favorable. Su contribución es una de las mayores de la historiografía occidental al tema del Asia oriental y, por supuesto, sobresaliente en la de Filipinas. Tiene aún más importancia si se toma en cuenta que en su tiempo la historia era monopolio de religiosos, y que a pesar de que escribió como miembro de la burocracia, no era cronista oficial" (1).

El libro consta de ocho capítulos que abarcan desde el desembarco de Miguel López de Legazpi en Cebú, en 1564, hasta la administración de Pedro de Acuña en los primeros años del seiscientos. En el octavo capítulo, Morga realiza una notable descripción de las costumbres, formas de gobierno y de la naturaleza de las islas Filipinas, que constituye un testimonio de primera importancia para el conocimiento de un espacio muy poco conocido para los colonizadores europeos.

Al parecer se publicaron pocos ejemplares de aquel libro en México, pero la repercusión que tuvo a lo largo de los siglos constata que tuvo amplia difusión en los medios políticos y culturales de su época. En 1868 la Hakluyt Society publicó una versión en inglés a cargo de Henry E. J. Stanley.

El líder histórico de la independencia de Filipinas, José Rizal (1861 - 1896) entró en contacto con los Sucesos en la biblioteca del British Museum en 1888 y decidió publicarla acompañada de amplios comentarios y precisiones. En el prólogo a su edición, dedicada A Los Filipinos escribe:
"Nacido y criado en el desconocimiento de nuestro Ayer, como casi todos vosotros; sin voz ni autoridad para hablar de lo que no vimos ni estudiamos, consideré necesario invocar el testimonio de un ilustre Español que rigió los destinos de Filipinas en los principios de su nueva era y presenció los últimos momentos de nuestra antigua nacionalidad. Es, pues, la sombra de la civilización de nuestros antepasados la que ahora ante vosotros evocará el autor; os transmito fielmente las palabras, sin cambiarlas ni mutilarlas, adaptándolas, sólo en lo posible, a la moderna ortografía e introduciendo mayor claridad en la un tanto defectuosa puntuación del original, a fin de hacer más fácil su lectura. El cargo, la nacionalidad y la virtudes de Mora, juntamente con los datos y testimonios de sus contemporáneos, Españoles casi todos, recomiendan la obra a vuestra consideración. 
Si el libro logra despertar en vosotros la conciencia de nuestro pasado, borrado de la memoria, y rectificar lo que se ha falseado y calumniado, entonces no habré trabajado en balde, y con esta base, por pequeña que fuese, podremos todos dedicarnos a estudiar el porvenir
José Rizal,
Europa, 1889

La publicación hecha por Rizal tuvo entonces un contenido profundamente revolucionario, que reafirma aún en nuestra época el sentido nacional de la historia filipina en busca de su independencia. Y quizás tenga sentido que de manera paralela trabajaba en Manila, como administrador colonial, Wenceslao Emilio Retana (1862 – 1924), quien recopiló una gran cantidad de información histórica y tuvo la oportunidad de recibir del chantre jubilado de la catedral de Manila la documentación necesaria para publicar el libro de Morga. En 1907 publicó en Madrid su propia edición del libro, enriquecida por docenas de notas de fuentes primarias y agudas observaciones. Entre las fechas en que vivió en Filipinas (1884 - 90) y cuando publica los Sucesos se operó en él una transformación tal que lo convirtió en un filipinista anticlerical, alejándolo de su propio pasado colonialista y de defensa irrestricta de los frailes.

Por muchos, demasiados años, el libro Sucesos no volvió a publicarse en idioma Español. Los nuevos colonizadores, esta vez americanos, realizaron una importante labor de recopilación de documentos históricos filipinos, al cuidado de E.H. Blair y J.A. Robertson, quienes publicaron 55 volúmenes de una colección denominada The Philippine Islands entre los años 1903 y 1905. El libro de Morga aparece en idioma Inglés en los volúmenes XV y XVI de esa publicación.

Fue hasta 1997, cuando Patricio Hidalgo Nuchera, académico español publicó los Sucesos, incluyendo un estudio introductorio y los comentarios realizados en su tiempo por Rizal y Retana. Afortunadamente en México el Fondo de Cultura Económica editó el famoso libro en el año 2007, con un estudio preliminar de Francisca Perujo.

En palabras de Lothar Knauth “tal vez el sentido más importante en la obra de Morga es que representa la transición de la conquista a la colonia. Se acababa ya el empuje hacia lo desconocido y quedaba sólo el analizar y conservar lo conquistado (…) un libro con hondo sentido histórico. Símbolo de la mejor hazaña del oficial español de fines del siglo diez y seis que siguió a los conquistadores hasta los límites de las posibilidades expansionistas, sin dejar de reflexionar sobre aquella nueva situación política y humana, que él mismo había hecho posible”.

Sobre la vida Antonio de Morga:
http://en.wikipedia.org/wiki/Antonio_de_Morga
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Lothar G. Knauth. Morga: Génesis de un símbolo. Historia Mexicana No. 54. Vol. XIV. El Colegio de México. pp. 272 - 291. México, 1964.

Sucesos de las Islas Filipinas




Un libro que recoge la historia de Filipinas en el último cuarto del siglo XVI.







sábado, 11 de abril de 2009

Encomienda y trabajo

Eliminando todo adorno, debe señalarse que el comercio transpacífico se basó en un régimen colonial que utilizaba mano de obra indígena. En ambos lados del imenso océano prevalecía el régimen de la encomienda, institución que fue profundamente criticada desde un inicio por los humanistas del siglo XVI, pero que se asentó como un mecanismo jurídico que permitía extraer los frutos del trabajo indígena, bajo el pretexto de que los encomenderos protegían a las comunidades y garantizaban la educación religiosa de los individuos en los pueblos sometidos.

La encomienda fue una antigua institución de origen castellano medieval, que se transformó en América convirtiéndose en simple trabajo semiesclavo.  “Por la encomienda, un grupo de familias de indios, mayor o menor según los casos, con sus propios caciques, quedaba sometido a la autoridad de un español encomendero. Se obligaba éste jurídicamente a proteger a los indios que así le habían sido encomendados y a cuidar de su instrucción religiosa con los auxilios del cura doctrinero. Adquiría el derecho de beneficiarse con los servicios personales de los indios para las distintas necesidades del trabajo y de exigir de los mismos el pago de diversas prestaciones económicas.(1)

En un principio, la ingente labor de construcción de ciudades obligó a la utilización de mano de obra indígena en el cultivo de la tierra y el cuidado del ganado para alimentar a la nueva población colonizadora. También se empleó en la construcción de  grandes obras de ingeniería que aún ahora nos asombran por su magnitud. La ciudad de México se erigió en un período no mayor a una década después de la destrucción de Tenochtitlan.

Una vez establecido el régimen colonial se utilizó el sistema de encomienda como una forma de extracción del trabajo de los pueblos indígenas, lo que propició una cauda de abusos que fue muy dificil mitigar a lo largo de la época colonial. El trabajo pionero acerca de este sistema semi esclavo fue realizado desde 1935 por don Silvio Zavala, quien en recientemente fue homenajeado por su gran aporte a la historia.

Del lado filipino se instauró un régimen similar al americano,  aunque cargado ya por la experiencia de la Nueva España y con una limitante escencial: la poca poblacion indígena en las islas, si se compara con la que existía en México o en Perú, por poner un ejemplo.

En 1995 Patricio Hidalgo Nuchera publicó un amplio estudio acerca de la institución de la encomienda en Filipinas en los años formativos de esa colonia, de 1570 a 1608. En su libro (2) describe los problemas para la instauración del régimen encomendero, plagado de las formas conocidas del amiguismo y el nepotismo, ya que los gobernadores y otros administradores coloniales privilegiaban a sus cercanos para otorgarles el control del trabajo índigena. Al avanzar el tiempo los encomenderos procuraron por todos los medios extender sus "derechos" sobre los indios filipinos, heredando las encomiendas a sus hijos y nietos, o casándose con viudas propietarias de la encomienda.  (Dedicaremos una entrada de este blog al interesante caso de las viudas del galeón).

Debido a que el comercio del galeón era un monopolio del estado Español, los comerciantes que residían en Manila podrían beneficiarse del simple intercambio de lo que llevaban los abastecedores chinos, indios y de muchos otros puntos de la región para ser llevados en la carrera anual del galeón hacia América y a España. Sin embargo, la encomienda de indígenas adquiró una importancia mayor porque daba oportunidad para extraer de los pueblos los alimentos y productos artesanales que sostenían a las ciudades, Manila en primer lugar.

Sostiene Nuchera que "desde muy pronto el funcionamiento del nuevo sistema en las islas cayó en los mismo vicios que en el resto del Nuevo Mundo. E igual que aquí, los religiosos fueron los grandes fustigadores de la explotación del indio. Sus acervas críticas formuladas en el Sínodo de Manila el año de 1582 llevaron una década después a la promulgación de unas importantes ordenanzas sobre el buen tratamiento a los naturales por parte del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas. Contínuos abusos condujeron a que, primero en 1608 y después al año siguiente -ésta última coincidente con la legislada para el resto de las Indias-, se realizase una profunda regulación del trabajo de los indígenas filipinos"(3).

Se mantuvo además en paralelo un sistema de trabajo comunitario indígena que ya existía antes de la llegada de los españoles, el polo. Este último no se alteró "no por un sentimiento altruista de la Corona sino por su convicción de que lo contrario dislocaría la organización social y productiva de los indígenas, que no podrían satisfacer entonces las demandas económicas - fiscales y laborales- de los españoles".
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(1) J.M. Ots Capdequí. El Estado español en las Indias. Fondo de Cultura Económica. México. sexta reimpresión, 1982. Pp. 25-26.
(2) Pedro Antonio Nuchera. Encomienda,Tributo y Trabajo en Filipinas (1570-1608).Universidad Autónoma de Madrid. Ediciones Polifemo. Madrid, 1995.
(3) Idem. P. 15.

viernes, 10 de abril de 2009

Música filipina

Falta mucho por investigar acerca de la influencia musical occidental en Filipinas, país cuyos habitantes son famosos en toda Asia por su habilidad para el canto y la actuación. Habrá de seguro historiadores que descubran pronto los lazos que unían la labor misionera entre México y Filipinas, en cuanto a la música religiosa de corte barroco. Quizás en los archivos catedralicios se encuentre testimonio de maestros de capilla españoles o novohispanos que hayan viajado, a no dudarse, a realizar su trabajo musical en las islas de Oriente. Las similitudes en las prácticas evangelizadoras  en América y en Filipinas hacen pensar precisamente en la intencionalidad de los misioneros para transmitir su mensaje a los indígenas a través de la música religiosa.

La musicalidad del pueblo filipino tiene sus raíces fundamentales en la confluencia de la macroregión del sudeste de Asia, donde comparte instrumentos de percusión y alientos similares a los que se utilizan en Indonesia, Malasia y Tailandia. Sin embargo, en ese contexto Flipinas aparece como un caso singular en el panorama asiático porque también se distingue la tradición española de la jota, la habanera, la mazurka, la pandereta como música tradicional de las islas. Algo que recuerda tanto a Madrid o a Guanajuato es sin duda la rondalla como costumbre de grupos estudiantiles.

Por lo pronto, cabe hacer notar la belleza del órgano  que se encuentra en la población Las Piñas, al sur de Manila. Se trata de un instrumento fabricado casi en su totalidad en bambú en el siglo XIX y para el que fueron compuestas diversas obras religiosas filipinas. 

En la música popular filipina se observa también una marcada influencia mexicana, no tanto de ahora, sino de poco más de doscientos años. Rafael Bernal señalaba hace medio siglo que "la música popular moderna mexicana, sobre todo el mariachi, está de moda en Filipinas y por todos lados se escucha. Pero en Zamboanga, en idioma chavacano, encontramos rastros de muy viejas canciones mexicanas como ésta:

Abajo de mi ventana - tiene un pono de limoncito,
cada rama siete plores - cada plores un bisito.
Abajo de mi ventana - tiene un pono de naranjita,
ya partí para comé - ya salí site bonita.
Siete palo tiene el monte - sambón, sampáloc, sandía,
santol, sampinit, sampanga - hierba de Santa María.

También se toca y se baila el jarabe al estilo mexicano" (1).

Acerca del órgano de bambú ver:


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(1) Rafael Bernal. México en Filipinas. Historia Mexicana. Vol. XIV. Octubre-diciembre 1964. Num. 2. Pp. 187- 205.

jueves, 9 de abril de 2009

Sincamas y sayotes

Rafael Bernal fue pionero en afirmar que muchos mexicanos, en diversas oleadas a través del tiempo, se mezclaron con la población filipina, sobre todo hombres que se casaban con mujeres filipinas, aprendieron un nuevo idioma, una nueva vida y unas costumbres nuevas, pero enseñaban también parte de las suyas. El autor afirma que "no únicamente los varones mexicanos jamás echarían tortilla, cosa de mujeres, por lo cual el maíz de uso común en Asia no se consume a la manera mexicana".

Bernal reconoce de inmediato palabras mexicanas en el habla cotidiana en Tagalo y en el idioma “chavacano”. Para ello elabora un curioso compendio de las voces mexicanas de uso común en Filipinas en los años sesenta:

Ajonjoli, igual que en México.  Achuete, por Achiote. Se emplea, lo mismo que en México, para dar color y sabor a ciertos guisos, sobre todo carnes. Atole (masa de arroz desleída en agua. En México se hace con masa de maíz y tanto en Filipinas como en México se usa para preparar el Champurrado). 

Avocado, por aguacate. Esta palabra podría ser la forma que usan los angloparlantes para designar nuestra fruta americana.

Cacahuate “En Filipinas se le llama así a un arbusto que se utiliza para formar setos vivos alrededor de las casas. A la raíz que en México se suele llamar cacahuate, en Filipinas se le da el nombre de mani y, últimamente, con mayor frecuencia, el nombre inglés de peanut”. 

El Cacao, al igual que en México sirve para hacer el Chocolate; Camachile, un arbusto semejante al árbol el pan (artocapus comunis), cuyo nombre es de indudable origen mexicano. Camote. Se refiere al camote blanco. El camote morado recibe el nombre tagalo de Ube, emparentado con el nombre que se consume en todo el sudeste de Asia.  Chico, que en México se dice chico-zapote. Chiquilite; Chocolate; Guanabana; Guayaba; Guachinango; Kilites (por quelites); Mecate; Nanay; Panocha; Papaya; Pazote (por epazote, que en Filipinas se utiliza como planta medicinal y muy rara vez como condimento en las comidas); Petaca; Sayote por chayote; Sili, por chile; Sincama o Jícama, Súchil; Tamal; Tatai; Tianqui (por mercado o tianguis);Tomate; Zacate; Zapote

De origen caribe: Barbacoa; Cacique; Canoa; Casaba ; Maiz; Maguey; Mamey; Maní; Nagua ;Tabaco; Yuca.

las sincamas en Filipinas sirven ralladas para hacer las lumpias, que son como los rollos de primavera chinos. No, ellos no le pondría chile ni limón como nosotros.

En Filipinas se cuenta el dinero en español. En Madrid se habla de conservas, pero en México y Filipinas se dice latas. En las islas se dice pósporo traído de la antigua forma mexicana fósforo, no cerillas. Que, en fin, en ambos lados del Pacífico la gente sigue contando chismes.

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Rafael Bernal. México en Filipinas. Historia Mexicana. Colegio de México. Vol. XIV. Octubre- diciembre, 1964. Num. 2. Pp. 187 -205.

miércoles, 8 de abril de 2009

La demanda de sirvientes "chinos" en México

Francisco de la Maza dice que “los chinos esclavos eran límpios, serviciales, honrados y fieles. Además, daban un cierto exotismo y un sabor oriental, sin el peligro de no hallarse y de huirse a su tierra, como las muchachas y muchachos del país. Estos chinitos y chinitas de la nao, que se quedaban sin padres, llegaban a reconocer como tales a sus amos mexicanos” (1).

Al margen de ese sentido paternalista que aún se utiliza en el lenguaje supuestamente moderno de México al designar a todos los asiáticos (los chinitos, que en el fondo es una expresión despectiva), la presencia de sirvientes orientales era bien aceptada en los hogares de la época colonial. Pocos imaginarían que al cabo de varios siglos estos migrantes, portadores de su propio carga cultural, influirían en el perfil idiosincrático de nuestro país. Baste mencionar un ejemplo relevante, la famosa China Poblana, que ha sido mencionada hasta la saciedad.

La historia de Catarina de San Juan, que ese era el nombre dado en vida a la China Poblana, revela la afición de la clase encumbrada novohispana por tener sirvientes orientales. Cuenta de la Maza que en el año 1621 “había dos pedidos en Manila para una chinita: uno del virrey de México, don Diego Carrillo, marquez de Gélvez, y otro de un rico poblano, el capitán Miguel de Soza. Como un amigo portugués de éste llevaba incluso el dinero necesario y pagó diez veces más que lo que daría el virrey en Acapulco, la chinita Mirra fue vendida al portugués y para ocultarla al Marquez la vistieron de muchacho” .

Catarina de San Juan se transformó en algo similar a un oráculo pagano que entraba en trance y hablaba en una mezcla de diversos idiomas incluído el español. Ricos y pobres se acercaban a ella en plan adoratorio y con el propósito de saber más del misterio religioso. Fue tan popular que por décadas se conservaron sus reliquias como si fuera una santa.

La importancia de la historia de Catarina de San Juan no puede ser disminuida, en tanto que fue un hito en la cultura colonial mexicana del siglo XVII, que motivó la tentación de la curia poblana de solicitar el inicio del proceso de su canonización, mismo que terminó siendo abortado por la inquisición española en 1691. La trascendencia de su imagen se muestra también en el mito de la China Poblana al que dió pie en el siglo subsecuente. No deja de sorprender aún hoy que una inmigrante de origen desconocido y estado esclavo adquiriera tal relevancia en la sociedad novohispana.

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1. Francisco de la Maza, Catalina de San Juan, México Conaculta.Col. Cien de Mexico.1990. p. 22.