martes, 24 de agosto de 2010

Seminario Asia - América Latina

Recibí una interesante invitación para asistir al XII Seminario Internacional sobre Asia Oriental y América Latina. El evento se titula:

Interacción cultural entre Asia y América: Reflexiones en torno al Bicentenario de las independencias latinoamericanas y se llevará a cabo en el Auditorio del Museo del Templo Mayor del 1 al 3 de septiembre (calle Seminario N° 8, Centro Histórico de la Ciudad de México).




El miércoles 1 de septiembre se realizará una mesa redonda con los siguientes ponentes:


Mesa IV, 18:00-20:20 hrs.

Mtra. Silvia Seligson (Museo Nacional de las Culturas y CEDICULT, INAH): “Comercio marítimo en Asia antes del Siglo XVI”

Dr. Tomás Martínez Saldaña (Colegio de Postgraduados): “La herencia de la Nao de China. El Camino Real de Tierra Adentro”

Dr. Thomas Hillerkuss (Universidad Autónoma de Zacatecas): “Andrés de Urdaneta: un
hombre multifacético en el naciente Mundo Moderno”

Mtra. Ivonne V. Campos Rico (El Colegio de México y Centro de Estudios sobre la
Diversidad Cultural, INAH): “Crónicas revolucionarias: la Revolución Mexicana vista desde
China en la “Revista de Occidente” (Dongfang zazhi)”

Mtra. Mónica Georgina Cinco Basurto (Universidad Autónoma Metropolitana): “En los
márgenes de la diáspora: “La repatriación de chino-mexicanos de 1960”

Modera: Dr. Francisco Luis Pérez Expósito



El viernes 3 de septiembre se llevará a cabo la Mesa IX, 10:00-12:30 hrs., con la participación de:

Dra. Walburga Wiesheu (ENAH, CEDICULT, Museo Nacional de las Culturas, INAH) y Mtro. Olaf Jaime-Riverón (Universidad de Kentucky): “Culturas tempranas del jade en las civilizaciones de China y Mesoamérica: Economía de una piedra ‘preciosa’ en las etapas formativas de su desarrollo”

Mtro. Emiliano Ricardo Melgar Tísoc y Arqlga. Reyna Beatriz Solís Ciriaco (Museo del
Templo Mayor, INAH, México): “Los artistas del jade en Mesoamérica y China: una
comparación tecnológica”

Dra. Margarita Aurora Vargas Canales (CIALC-UNAM): “Reflejos de la India en Martinica”

Mtro. Roberto Junco (Posgrado en Arqueología, ENAH y Subdirección de Arqueología
Subacuática, INAH, México): “Arqueología de un Galeón de Manila, Baja California,México”

Mtro. Juan José G. Bracamontes y Dra. Patricia Fournier (Posgrado en Arqueología, ENAH,
México): “Matanchel, San Blas y el comercio transpacífico virreinal en Nueva Galicia:Perspectivas desde la Arqueología Histórica”

Modera: Antrop. Leonel Durán

domingo, 22 de agosto de 2010

San Felipe de Jesús (II)

El hecho más relevante de este primer santo criollo, Felipe de Jesús, es la utilización política que se hizo de su martirio, una suerte de "aparición" en el santoral mexicano. Habiendo sido un hermano lego, es decir un aprendiz de fraile, llegó a ser el primer Santo Patrono de la Ciudad de México en 1629 y desde aquellas fechas se encumbró como el beato más celebrado de México, con parroquia y fiesta propia, cada cinco de febrero. En 1638 un decreto del Rey de España determinó que Felipe de Jesús tendría una capilla en la Catedral de México y en 1689 la Real Audiencia extendió el privilegio para que la fecha de su muerte se convirtiera en día de Celebración Nacional, cívica y religiosa, rebasando el ámbito de la capital.


No es difícil adivinar el gran trabajo de cabildeo por parte de los padres franciscanos, entre otros, para obtener primero la beatificación en Roma en 1627 y luego para crear la devoción por el recién adquirido Santo en México a lo largo del siglo XVII. No obstante, las circunstancias que rodean su muerte, asi como las de los otros mártires, son de tanta importancia como su posterior trayectoria política en la Nueva España1.


A lo largo de los siguientes siglos la devoción por el santo Felipe se consolidó en la mente de los novohispanos, colocado apenas en un segundo escalón por debajo de la Virgen del Tepeyac y Juan Diego (este último llegó a ser santo hasta el año 2000), que tiene su fiesta el 12 de diciembre. La preeminencia de ella no requiere explicación debido a la profundidad de las raíces guadalupanas en el México prehispánico2, pero ello no impide reconocer la importancia social y política San Felipe en el México virreinal.



Un hecho demostrativo del interés político de convertir a Felipe en El Santo Mexicano se expresa en la capilla dedicada a él en la Catedral metropolitana, donde se guardan reliquias suyas y la pila donde se supone que fue bautizado. En ella reposan también desde 1838 las cenizas de Agustín de Iturbide, “primer emperador mexicano”. La canonización de Felipe de Jesús fue obtenida en 1862 al parecer por la intervención de la jerarquía católica mexicana interesada en coronar con ese símbolo la intervención francesa en México3.
Itrubide en la capilla dedicada a San Felipe de Jesús, en la catedral metropolitana de la ciudad de México.

Felipe de Jesús encarnó con su sacrificio el papel del nuevo criollismo de fines del siglo XVI, heredero del envalentonado criollo Martín Cortés (hijo del conquistador de México Hernán Cortés) que acabó con sus aspiraciones políticas en 1566 al enfrentarse contra el establecimiento centralizado y duro del virreinato. Es una etapa de transiciones, donde el horror de los primeros años de la conquista de México y la destrucción de la cultura indígena dejaban paso lentamente al mundo más o menos tranquilo y asentado de la Nueva España; ésta no era ni del todo española ni tan nueva, sino a los ojos de los criollos simplemente era la Otra España. Es también el período de la centralización virreinal que trajo consigo los elementos de estabilización gobernada por las horas de las misas y las ceremonias religiosas, por el control inquisitorial de la vida diaria.


1 Reiko Kawata, Ibidem., p 164-167.
2 El tema Guadalupano es inagotable, pero Robert Ricard (La Conquista Espiritual de México) y Jacques Lafaye (Quetzalcóatl y Guadalupe, la Formación de la Conciencia Nacional, 1531-1813) lo abordan minuciosamente.
3Lópe de Vega escribió una pieza teatral de cierta fama, El santo Felipe y el Triunfo de la Fee, que demuestra el interés del público por el tema del martir mexicano.

sábado, 21 de agosto de 2010

San Felipe de Jesús

Usualmente, una historia que se cuenta de la misma forma miles de veces hace olvidar los trazos de verdad que le dieron origen; se vuelven leyendas o historias piadosas, hagiografías. Sucede así con el primer santo mexicano, San Felipe de Jesús, cuya muerte en 1597 está envuelta por la bruma del pasado, aunque su ascenso a los altares marcó un proceso político importante para México en los siglos posteriores.

En efecto, el siglo XVI dió a la Nueva España su primer santo, Felipe de Jesús, en circunstancias un tanto extrañas, manchadas por los vapores de la política y el comercio, y desde tierras tan lejanas como Japón. El tema de San Felipe, de su martirio en Nagasaki en 1597 y de su posterior beatificación en 1627 por el Papa Urbano VIII, dio pie para la creación de una importante figura de la mitología social mexicana, alentada en el naciente orgullo criollo en los siglos XVII y XVIII1.

La leyenda de este santo fue repetida ad nauseam en aquella época y en el México independiente por los seráficos pastores que proclamaban el orgullo de tener un santo de manufactura nacional2 El origen de tal leyenda se quedó sin embargo en la bruma de las circunstancias que motivaron la crucifixión de Felipe de las Casas, junto con otros 25 mártires, en febrero de 1597 en el otro extremo del mundo.

Las siguientes líneas procuran evitar, en la medida de lo posible, la repetición de los devocionarios y las florecillas con que educaron de manera edificante a tantas generaciones en México, e intentan en cambio dar noticia de aspectos históricos relevantes del incidente de Nagasaki, así como poner de relieve el naciente sentimiento criollo en la Nueva España, en el marco del imponente esfuerzo globalizador realizado por el Imperio Español y por el Papado en el siglo XVI.

El análisis de estos hechos conduce a observar un proceso más complejo que la vida del santo y de carácter global: el acre conflicto que existía entre las diversas órdenes religiosas en Asia, específicamente sobre sus perspectivas y métodos de evangelización, mismas que se tradujeron en enfrentamientos de tipo político entre esas misiones en prácticamente toda la región asiática3.


1 Un trabajo original y valioso es el de Reiko Kawata, La carrera política del Santo Criollo. La cambiante imagen del protomartir mexicano, Felipe de Jesús, presentado en las Primeras Jornadas Internacionales sobre la presencia Novohispana en el Pacífico Insular, celebradas en al Ciudad de México del 19 al 21 de septiembre de 1989. Actas publicadas por la Universidad Iberoamericana, Embajada de España en México, y la Comisión Puebla del V Centenario, Pinacoteca Virreinal, México 1990. pp 157-185.

2 Don Manuel Romero de Terreros y Diment utilizó en 1913 las siguientes fuentes históricas de los siglos XVII al XIX para elaborar sus Florecillas de San Felipe de Jesús, México Imprenta de José Ballescá, 1916:
- Crónica de la Santa Provincia de San Diego de México, de Religiosos Descalzos d N.S.P.S. Francisco en la Nueva España. Por Fray Baltasar de Medina. México. Juan de Ribera. 1682.
-Vida, Martirio y Beatificación del Invicto Proto-Martyr del Japón San Felipe de Jesús. Por Fray Baltasar de Medina. México. Juan de Ribera. 1683.
-Crónica de la Apostólica Provincia de San Gregorio de los Religiosos Descalzos de N.S.P.S. Francisco, en las Islas Philipinas, China, Japón Parte Tercera. Por Fray Juan Francisco de San Antonio. Manila. Fray Juan de Sotillo. 1744.
-Obras pastorales y oratorias de D. Ignacio Montes de Oca y Obregón. Obispo de San Luis Potosí. Tomo V. México. Escalante. 1898. Panegírico de S. Felipe de Jesús.

3 Este texto se basa principalmente en dos estudios modernos. C.R. Boxer, The Christian Century in Japan 1549-1650. Ed. Carcanet in association with The Calouste Gulbekian Foundation. Lisbon, 1993. Primera Edición 195, University of California, y Fidel Villarroel OP, The Chinese Rites Controversy –Dominican Point of View-, profesor de historia eclesiástica en la Universidad de Santo Tomás, Manila. Philippiniana Sacra, Vol. XXVIII, número 82 (1993) 5-61.

jueves, 19 de agosto de 2010

Invadir China


A finales del siglo XVI, algunos colonos de la recién fundada ciudad de Manila alimentaron sueños de invadir y conquistar China. La descabellada idea puede ser explicada quizás como resultado de la angustia producida por el aislamiento de quienes desconocían casi por completo los espacios físicos y culturales que rodeaban a Filipinas, o por simple ambición, que no tenía medida.

En 1582, el gobernador Gonzalo Ronquillo ordenó al padre jesuíta Alonso Sánchez viajar a Cantón desde Manila, para exigir primero a los portugueses lealtad al rey Felipe II y en una segunda ocasión para pedir al gobernador chino de Cantón el comercio directo entre ambos puertos.

El gobernador Ronquillo escribió a Felipe II acerca de tales planes y con el concurso de la comunidad española en las islas enviaron al padre Sánchez a España, vía México, para abogar por la posibilidad de invadir China. En su largo tránsito por México, en los años 1586 a 1587, Sánchez se encontró con Joseph de Acosta, jesuíta también, quien a la sazón escribía su Historia Natural y Moral de las Índias.

Parte de la rica información provista por Sánchez a Acosta está contenida en el libro VI, capitulos cuarto, quinto y sexto de aquella obra. Como asunto curioso vale citar algunos párrafos de su obra:


" ni tienen alfabeto ni escriben letras, ni es la diferencia de caracteres, sino principalmente su escrebir es pintar o cifrar, y sus letras no significan partes de dicciones como las nuestras, sino son figuras de cosas, como de sol, de fuego, de hombre, de mar, y así de lo demás." (...) " De aquí es que como las cosas son en sí inumerables, las letras o figuras que usan los chinas para denotarlas, son cuasi infinitas. Por que el que ha de leer o escrebir en la China, como los mandarines hacen, ha de saber por lo menos ochenta y cinco mil figuras, ciento y veinte y tantas mil. Cosa prodigiosa y que no fuera creíble, si no lo dijeran personas tan dignas de fe, como lo son los padres de nuestra Compañía (de Jesús), que están allá actualmente aprendiendo su lengua y su escritura, y ha de diez años que de noche y de día estudian en esto con importal trabajo, que todo lo vence la caridad de Cristo, y deseo de salvación de las almas".
(...) Esta misma es la causa por qué en la China son tan estimados los letrados como de cosa tan difícil, y sólo ellos tienen oficios de mandarines, y gobernadores y jueces y capitanes. Y así es grande el cuidado de los padres en que sus hijos aprendan a leer y escrebir. Las escuelas donde esto aprenden los niños o mozos son muchas y ciertas, y el maestro de día en ellas, y sus padres de noche en casa, les hacen estudiar tanto que traen los ojos gastados y les azotan muy a menudo con cañas, aunque no de aquellas rigurosas con que a azotan a los malechores".

La idea extravagante, a todas luces, de invadir China desde Filipinas movió a Joseph de Acosta a denunciar a Sánchez ante el padre Claudio Aquaviva, Superior Jesuíta, por lo que Sánchez se tuvo que subordinar a Acosta. En 1587 ambos viajaron a España, pero Acosta probablemente desde México habría escrito el memorial en contra de la descabellada idea que se fraguaba en Manila.

El título de su alegato es Parecer sobre la Guerra de China y Respuesta a nuestro padre, fundamentos que justifican la guerra contra China. Si bien no prosperó esa aventura, en los ricos puertos asiáticos se seguiría discutíendo el tema por muchos años... y en Roma también.
_______________
José de Acosta, Historia Natural y Moral de las Indias. Edición preparada por Juan O´Gorman. F.C.E., segunda edición revisada 1962. La introducción de O’Gorman nos pone al tanto del proyecto de invadir China desde Filipinas. p LIX.

domingo, 15 de agosto de 2010

Un aparecido. Ciudad de México

(segunda parte)
Los inexplicables acontecimientos que sucedieron tanto en Manila, como en la ciudad de México el día de la muerte del Gobernador, siguieron siendo causa de sorpresa y de malos recuerdos para los habitantes de las islas muchos años más tarde. Al conocerse la noticia, la mañana del veinticinco, la Audiencia Real de Manila decretó una semana de luto general y las campanas de todas las iglesias, desde San Agustín hasta Pasay anunciaron el duelo llamando a los vecinos a rezar por el alma del difunto y a recogerse temprano.

Ese día los agustinos descubrieron aterrorizados en un muro del recibidor de su convento,
precisamente donde estaba el retrato de Gómez Dasmariñas, que una grieta cruzaba de lado a lado, a la altura de la cabeza de tan ilustre señor.

Muy entrada la tarde, a los pies de la muralla de Santiago, en la plazoleta que mira hacia
la ciudad, un pequeño grupo de mujeres encendió algunas velas y fue sumando rezos y sollozos por el Gobernador muerto. El grupo se mantuvo por largo rato sin juntar mucha gente. Nadie podría prestar demasiada atención a unas mojigatas que le lloraban a quien en vida nadie de verdad quería, por tanta corrupción y desorden en la villa. Los rezos continuaban a pesar del anuncio de borrasca en el horizonte y hasta iban en aumento como acompañando los truenos que se acercaban con la tormenta. Los últimos girones de la tarde se mezclaban con la primeras gotas del aguacero y con las luces de las velas en el suelo de la plaza.

Ayes de duelo sobrecogen siempre el alma de los hombres, aun de los más templados, pero esta vez los rezos incomprensibles y un llanto de multitud fue creciendo como si compitiera con el vacío que anuncia el temporal. Juan Domingo Catapang, soldado de guardia en el fuerte de Santiago, miraba desde el baluarte que da a la plazoleta, despotricando en silencio por la tontera de esas viejas: “como si algún bien nos hubiera hecho el difunto” se dijo para sus adentros. Disciplinado por costumbre aprendida en las labores del campo, Juan siguió su guardia y sus pensamientos a pesar de la lluvia que arreciaba.

De pronto, la sordina de las voces lejanas se hizo intolerable para el soldado filipino. Presintió un dolor que le atravesaba el pecho antes aún de entrar en él. El malestar por los gritos y el dolor se volvió una sola desesperación incontenible en forma de relámpago; un latigazo luminoso que lo levantó por los aires y lo hizo polvo, ceniza, nada.

A él, Juan Domingo Catapang, natural de Pangasinan, lo cogía el capricho del destino como a un hilacho. Campesino hijo de campesinos, que siendo humilde soldado nada en verdad tenía que ver con el Gobernador, le sucedía lo inesperado. Lo último que pudo ver desde lejos fue el rostro horrible de las viejas que minutos antes rezaban y que ahora al descubrirse mirando volar a Juan por los aires mostraban una algarabía impúdica, festejando a risotadas su dominio sobre la tormenta.

Perdió el conocimiento…

El rumor corrió como una bocanada de aire pestilente por la Ciudad de México. Salió del Zócalo y llegó mas pronto a oídos de la Inquisición que a los del propio Virrey; pero llegó primero como sucede con todas las malas noticias. Quedaría escrito que en la mañana del veinticinco de Octubre de Mil Quinientos Noventa y Tres un hombre enloquecido, mas sorprendido él mismo que los vecinos, vestido con el uniforme de los guardias filipinos, gritaba "quien vive" a los transeúntes que pasaban por la plaza principal de la Nueva España. Eran pocas las almas que caminaban a esas horas por los portales que dan a la plaza haciendo sus primeras diligencias del dia; sin embargo la sorpresa provocada por un hombre armado, extravagante por sus ropas e incomprensible en su lenguaje congregó a mucha gente. Juan Domingo fue detenido al poco rato por los gendarmes del Santo Oficio sin oponer verdadera resistencia, desarmado mas bien por su propia incredulidad ante lo que el pensaba era una pesadillla imposible.

Minutos después, llevado a las celdas de Santo Domingo explicaba conteniendo los sollozos que esa misma tarde el estaba en Manila cumpliendo sus deberes en el fuerte de Santiago. Tarde, mañana o noche eran para él una sola pregunta en su delirio, pues no recordaba nada o nada podía hacer para demostrar a sus vigilantes cómo hubiera podido estar a la vez en dos lugares tan distantes como Manila y la Ciudad de Mexico obviando un viaje de meses desde aquellos confines hasta la capital de la Nueva España. Recordaba sí que estando de guardia en el fuerte, una tormenta se anunciaba con truenos amenazadores, cosa normal en esas zonas tropicales. Si acaso las centellas por la zona de La Laguna eran más espectaculares que en otras ocasiones, pero nada más.

Juan no hubiera podido imaginar entonces que en medio de su rutina diaria de soldado pobre estaba destinado a anunciar acontecimientos notables para asombro de los vecinos de la Ciudad de México, al otro lado del Mar del Sur. Informó de la muerte del Gobernador, acontecida apenas unos días atrás allá en las Filipinas.

Años después al contar una y mil veces su propia historia, su larga travesía de regreso desde la Nueva España hasta Manila, pasando por Acapulco, las maravillas vistas en el rico virreinato novohispano y otras tantas cosas, los detalles de su narración se fueron agrandando y su fama le duró un buen rato.
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Texto sobre la base de:
Gaspar de San Agustín. Conquistas de las Islas de Filipinas, 1565-1615. Manila, Filipinas, edición fascimilar, 1997, p. 996.
Luis González Obregón. México Viejo. Alianza Editorial, México. “Un aparecido”. capítulo XIX, pp.195-198. Noticias históricas, tradiciones, y leyendas. Segunda edición, 1992.

sábado, 14 de agosto de 2010

Un aparecido. De Manila a México (1593)

La inesperada muerte del Gobernador General de Filipinas, Don Gómez Pérez Dasmariñas, caballero de la Orden de Santiago, el veinticinco de octubre de 1593, comenzó y acabó en medio de una fuerte tormenta. Primero fue la borrasca que casi hunde su galera; luego la lluvia de monsón, el baguío como le llaman los filipinos, que se abatió sobre Manila el mismo día en que los chinos le sorrajaron la cabeza, cuando se hallaba fuera de la capital filipina. Después fue el aguacero acompañado de rayos y truenos que anunciaba el funesto asesinato de tan importante hombre, llevando la noticia de su muerte hasta la Ciudad de México, a miles de leguas de distancia, en forma fulminante y misteriosa.

No era el gobernador un hombre infiel a la religión católica aún cuando se hubiera distanciado del obispo de Manila, Fray Domingo Salazar. Más que motivos de fé, aquellos hombres habían agriado su relación debido al irrefrenable asentamiento de chinos en las inmediaciones de Manila. Por otra parte, una creciente animadversión de los ciudadanos en su contra se relacionaba con asuntos de dinero, mala administración y abuso de poder. Al momento de su muerte, el gobernador no tenía todas consigo.

La conspicua presencia de tantos chinos en el territorio filipino preocupaba a los frailes por las consecuencias que podría acarrear en la propagación de ideas ajenas a la religión católica. Desde 1589 la Corona española había instruido al gobernador para que prohibiera a los chinos permanecer en Manila más allá de la temporada anual de comercio, a menos de que estos se convirtieran al catolicismo y obtuvieran residencia como artesanos o comerciantes.

El obispo Salazar había perdido una batalla cuando años antes recibió la orden del Rey de permitir que los chinos sangleyes fueran bautizados aún si no aceptaban cortarse la trenza. Fray Domingo siempre se había opuesto a que los recién convertidos continuaran con sus tradiciones, pero un edicto del Rey Don Felipe lo obligó a reconocer que esos chinos al regresar a sus tierras serían mal vistos por los suyos si traían el pelo recortado. Algunos de ellos decidieron recibir el bautismo, o incluso casáronse con filipina, cambiaron de nombres e hiciéronse súbditos del Rey de España. No obstante, para esas fechas los chinos rebasaban fácilmente por dos el número de los españoles y justo es reconocer que debido a sus habilidades comerciales eran en ocasiones más ricos que los peninsulares o que los criollos venidos de la Nueva España.

Veinte años después de haber sido fundada, Manila sólo contaba con unos 2,000 españoles, incluyendo a los misioneros, quedando en peligrosa minoría frente a indios filipinos, negritos de Mindanao y chinos inmigrantes. Año con año, no menos de 15 barcos y chalanes de todo tipo provenientes de las costas chinas de Amoy y Fukién (Fujian) traían a Filipinas sedas, porcelanas, granos, frutas y metales, pero sobre todo hombres ávidos de riqueza. Taciturnos y acomodaticios, los chinos, que se autonombraban comerciantes o singleyes en dialecto fujianés, volviéronse imprescindibles en el panorama cotidiano de la ciudad. Hábiles en el comercio ofrecían productos de calidad y belleza incomparable, con tal abundancia y buenos precios que la población de Manila toleraba su presencia no sólo durante la temporada comercial sino a lo largo de todo el año.

Buen negocio eran también para los administradores de las islas, pues cada chino pagaba ocho pesos por el permiso de residencia, comparado con un peso que cada familia originaria de Filipinas pagaba a las autoridades. Era bien sabido que el número de chinos era mucho mayor que el permtitido por la ley, y que el exceso en la recaudación de los impuestos no constaba en actas. Era común decir que si un chino moría, otro lo reemplazaba con el mismo nombre. Tenían estos trabajadores derecho a las barracas en el Parián, un mercado de tablones a distancia de tiro de mosquete al este de la ciudad. También, fuera de la ciudad amurallada, cruzando el rio, los chinos comenzaron a asentarse lentamente en un plano llamado Binondo.

Tanto en el Parián como en Binondo, la abundancia de porcelanas y sedas, curtiduría y tintes, panaderías, joyerías, hierbas, especias, medicinas y comida atraían diariamente a los manilenses. No sólo las mejores compras se hacían con los chinos sino que los ciudadanos iban adquiriendo gusto por platillos en los que es difícil distinguir las verduras de las viandas, si las hay. El Gobernador y el Obispo coincidían en su preocupación de que nada sano para el espíritu y el cuerpo podían encontrar los cristianos buenos en medio de tantos extraños olores, remedios paganos y comidas revueltas. Con ese pretexto, las fiscalías revolujaban de tanto en tanto los tendajones de madera en busca de evidencias de brujería y armas. Los chinos así capturados tenían asegurada una pena de trabajo forzado por dos años en los astilleros de Cavite.

El conflicto con el Obispo vino en cambio de un incidente torpe, producto de la ambición de Gomez Dasmariñas. El Gobernador no quiso autorizar, un poco por codicia y otro tanto por capricho, un aumento a la cuota de 250 labriegos que trabajaban las tierras de los misioneros jesuitas y otros tantos de los agustinos.

Todo ello se sumó quizás para determinar la suerte final del Gobernador, quien ciego por sus ambiciones creyó obtener gloria y riqueza al iniciar una osada aventura en las lejanas islas de las Especias.

Al imaginar que podría obtener enormes recompensas si lograba penetrar el rico Reino de la Especiería, mandó preparar una pequeña armada de diez barcos, entre los que obligó a incluir algunos sampanes chinos. Obtuvo créditos de los hombres prominentes de la ciudad y dejó encomendada la guarnición de Santiago con un grupo suficiente de soldados para proteger Manila. El obispo Salazar comprendió que era innecesario privar al Gobernador de la bendición requerida y de mala gana (que a veces sucede) pidió el amparo del Señor para esta empresa. Envío además con la expedición a dos frailes para que reconfortaran el espíritu de los soldados y si acaso iniciaran obra misionera en las nuevas tierras. El Gobernador General de Filipinas, Don Gómez Pérez Dasmariñas, salió de la ciudad el 17 de octubre de 1593 por tierra hasta el puerto de Cavite, de donde partió dos dias más tarde. No había pasado ni una semana, cuando en la punta de Santiago el viento del Este estrechó a la galera capitana, lo que obligó al gobernador a fondear en Punta de Azufre. Una tormenta inclemente desperdigó la improbable armada invencible de Don Gómez Pérez Dasmariñas.

Separada del resto de las galeras y sampanes, la reducida tripulación española de la nave principal se vió inesperadamente cara a cara con los improvisados marineros de origen chino. Los sangleyes se dejaron llevar de modo natural y hasta sereno por el impulso de vengar los abusos cometidos por el Gobernador, entre tantos otros, el haberlos forzado a seguirlo en su podrida expedición. Se amotinaron sin más y asesinaron de un certero hachazo en la roja cabeza del intrépido gobernador, que quedó abierta como una sandía sobre la cubierta del barco. Su cuerpo y el del resto de los españoles fue echado al mar.

La noticia de la muerte del Gobernador llegó a Manila junto con los pocos sobrevivientes desamparados en la única goleta que quedaba de esa necia iniciativa.
(continua)