sábado, 31 de diciembre de 2011

Carta al Rey de Camboya

Por la soltura de la carta que el Gobernador de Filipinas, Gómez Pérez Dasmariñas, dirigió al Rey de Camboya, vale la pena citarla completa.

En ella acepta actuar como mediador en el conflicto con Siam; advierte sobre el peligro y destrucción que provocan las guerras y envía regalos, esmeraldas, un caballo y unos perros:

Al Rey de Camboya, de 20 de julio último (1593)

Gómez Pérez Dasmariñas, Caballero de la Orden de Santiago, Gobernador y Capitán General de Luzón, por el Rey de Castilla, mi señor, salud y prosperidad.
Recibí la embajada y carta del Rey de Camboya con grande contentamiento mío del cual y del elefante y amistad con que se me envía. Quedo muy agradecido y más de la voluntad que muestra al servicio y devoción del Rey mi señor, al cual daré cuenta de ésto y sé que lo estimará en mucho hame dolido de las guerras y enemistades que hay entre el Rey de Camboyia y (el de) Siam porque más quisiera yo que entre dos reyes tales y vecinos y ambos amigos nuestros hubiera todo buen trato, conformidad y paz, sin la cual no hay bien ni contento y yo diera al Rey de Camboya la ayuda y socorro que me pide contra Siam sino mirara á que el Rey es tan buen servidor del mío y amigo nuestro y de él he tenido una embajada y así deseo saber la causa y fundamento de estas pasiones y la justicia y razón que hay de la una parte y de la otra que es la que ha de mover á un animo justo. 
Y en el entretanto como quiera aunque victorias el fruto, por la mejor parte sea ruinas y mortandades y destrucciones y asolamientos de reinos y vasallos y la voluntad y el amor que tengo al Rey de Camboya me obliga á desearle ver libre de estos trabajos y desasosiegos y que viva en paz y nos comuniquemos y tratemos y el comercio y conformidad enterados universalmente crezca con aprovechamiento de unos y otros reinos. 
He querido probar el medio más fácil y mejor que es poniéndome de por medio á procurar y componer estas diferencias y así he escrito y enviado persona al de Siam pero sin dar á entender que el de Camboya tiene necesidad de socorro ni me le ha pedido tratar de paces y medios. Y creo que lo admitirá y cuando no saliere a causa tan justa entonces la vuestra y la mía queda más fundada y justificada para hacer lo que se me pide en cualquiera suceso.
Aseguro de ser amigo del Rey de Camboya como esto dirá largo su embajador que vuelva regalado y con esto, tratémonos y comuniquémonos ya que se ha abierto el camino que aquí tendrán los de Camboya la misma buena acogida que en su tierra.

Envío estas esmeraldas y ese caballo que es muy bueno en señal de amor y unos perros de casa (caza) porque me dijo Veloso que allá eran de estima y por hallarme falto de algunas cosas curiosas de España no las envío pero yo me prevendré para otra vez y si otra cosa de esta tierra agradare la daré con mucha voluntad y para más satisfacción de nuestra amistad os envío la copia de la carta que escribiré al Rey de Siam.

Dios guarde y prospere de Manila 27 de septiembre del nacimiento de n.s. Jesucristo de 1593.

Gómez Pérez Dasmariñas.



Los famosos caballos españoles, imagen del siglo XVIII. 

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Carta tomada del libro de Virgina Licunan Benitez y José Lavador Mira, The Philippines Under Spain, vol. V(1590-1593), Manila 1994, misma que fue encontrada en el Archivo General de Indias, Sevilla, en el ramo Filipinas, legajo 18-B.

La primera jornada, 1592-1594

Gaspar de San Agustín relata en su libro Las Conquistas de las Islas Filipinas, la terrenal por Felipe II, el prudente, y la espiritual por los padres agustinos, escrito en 1698 que, entre otras embajadas recibidas en Manila, como la del Japón por ejemplo, se presentaron alrededor de 1592 dos embajadores representando al Rey de Camboya:

El uno portugués, nombrado Diego Belloso (en varios textos se llama Diogo Veloso); el otro castellano, llamado Antonio Barrientos, que trajeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta embajada se reducía a pedirle su amistad y alianza para (que) les diese socorro contra el Rey de Siam (antiguo nombre de Tailandia), su vecino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Dasmariñas la embajada con agrado, y el regalo que le traían. Y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los embajadores dándole al Rey de Camboja breves esperanzas. Correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entre ambas naciones.

Los supuestos embajadores, un portugués aventurero de dudosos antecedentes y un castellano de peor fama, deben haber dado una imagen de boato, acarreando presentes que harían soñar a los manilenses y a su Gobernador con las maravillas que debían existir en las provincias del oeste, más allá del tempestuoso golfo de Siam, más arriba de Malaca y hacia el norte entre malayos infieles, hasta encontrar la parte más cerrada de la selva, ese infierno verde, y encontrarse en medio de un río inmenso llamado Mekong. Venían acompañados de esclavos y, de acuerdo con las crónicas, de los dos primeros elefantes jamás vistos en Filipinas.




Belloso y Barrientos tuvieron audiencia con el gobernador Dasmariñas, quien escuchó informes fantásticos sobre las riquezas de Siam, Laos, Camboya, Champa y Conchinchina. Los mensajeros reales aprovecharon el embeleso de sus oyentes para solicitar el apoyo del Gobernador y proteger a Camboya contra los ataques del Rey de Siam. Gómez Pérez Dasmariñas no prometió nada, pero los envió de regreso a esas tierras con algunos buenos presentes.
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Gaspar de San Agustín, Conquista de las Islas Filipinas, capítulo XII, pp 994-995, Libro III. Madrid, imprenta de Manuel Ruiz de Murga, 1698. Reimpreso en 1998, en Manila por el Museo de San Agustín.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Importancia y debilidad de Manila

Los más entusiastas promotores de aventuras invasoras en Asia eran sobre todo los comerciantes y algunos frailes de Manila, quienes esgrimían largos argumentos para que la Corona Española enviara tropas a las tierras vecinas. Su sueño, al más puro estilo de una novela de caballería, era evangelizar a las poblaciones asiáticas; ampliar el comercio y la riqueza de Su Majestad y lograr la paz bajo el dominio español. Todo ello, dentro del sagrado propósito de crear un imperio universal regido desde la península ibérica.

Los apasionados argumentos expuestos por los manilenses, desde el gobernador y el capitán general hasta los miembros de la Audiencia; los priores de las congregaciones e incluso los comerciantes del galeón, se acumulaban en abultados testimonios, informes, rogativas y cartas secretas que la Nao de China llevaba y traía de Manila a Acapulco y de ahí a España. Meses y años más tarde, dichas propuestas languidecían en los escritorios de las autoridades de España y México, desde donde se respondía con frialdad, en notas hechas al margen de los folios y mapas fabulosos en pergaminos, donde se autorizaba o no tal asunto. Proceda, concédese, anúlese, pues, como bien se sabe, los asuntos en Palacio, van despacio...

Desde la metrópoli se impidió, una y otra vez, iniciar nuevas acciones militares en Asia. Un tanto por prudencia y otro tanto por la sencilla razón de que faltaban recursos materiales y humanos para emprender nuevas campañas de conquista. Este fue el motivo por el cual, en la práctica, el proyecto asiático español se mantuviera estancado por largo tiempo, circunscrito a la isla de Luzón, pues el resto de las islas del archipiélago filipino fue realmente ocupado hasta el siglo XVII. Las fuerzas españolas se concentraban casi exclusivamente en la ciudad de Manila -puesto privilegiado para la navegación y el comercio- y a que la enorme bahía gris ofrece un invaluable refugio marítimo.

La precariedad de la presencia española en las islas era tanta que, el 12 de julio de 1599, el gobernador de Filipinas, Francisco Tello, escribió un informe sobre la situación militar en la región, en el cual solicitaba el apoyo de España para el envío anual de tropas a Filipinas: primero, por la gran cantidad de enemigos; segundo, por la enorme distancia de las islas respecto de la Nueva España, y tercero por la debilidad de las fuerzas militares para controlar el archipiélago. El número de tropas declinaba en gran parte debido a la situación insalubre que afectaba a los soldados heridos, señala el gobernador, ello sumado a la gran cantidad de acciones realizadas con resultados muy variados, como la pacificación de Mindanao, la expedición de Cagayán, el mantenimiento del presidio (cuartel) en La Caldera y la nueva expedición a Camboya. Continúa el Gobernador:

Los hombres que quedan están completamente pobres, por lo que ruego a Su Majestad ordene al Virrey de la Nueva España atender este asunto con puntualidad. Este año (1599) sólo vinieron setenta hombres; no eran útiles y entre ellos había solamente tres arcabuceros. Se deben enviar mil arcabuceros, quinientos mosquetes con cuernos de pólvora, y quinientos sacos de balas y otros tantos morriones. Eso es lo que se necesita para ser distribuidos entre los hombres desarmados: y los que no se utilicen quedarán como reserva de la armería de Su Majestad.

El gobernador Tello expresaba de manera contundente el temor que agobiaba a los pocos habitantes de Manila -cuya población desde que fue fundada la ciudad ascendía a pocos centenares de almas-, quienes pasaban de ser colonos a la condición de ciudadanos-soldados.


Manila sobrevivía con precariedad 

La población de la capital experimentó en la década de 1590 a 1600 una ligera recuperación, gracias al auge comercial de las islas y por la inmigración de españoles que quedaban en las provincias. Se trataba de hombres viejos, de casi treinta y hasta cuarenta años de edad, con cicatrices de la guerra y de los amores: cojos, tuertos o sifilíticos. Las mujeres españolas, que desempeñarían un papel central en el comercio del galeón en los siglos siguientes, aparecerán décadas más tarde en el escenarios de la ciudad. En Madrid se dieron instrucciones para que el Virrey de la Nueva España enviara las armas y también las tropas y colonos solicitados por el Gobernador de Filipinas ¨tomando en cuenta los límites de gastos que tiene el factor de Su Majestad¨

El sentido práctico de los administradores coloniales de España y México les hacía comprender que era más redituable concentrar en la capital filipina el comercio de manufacturas y especias del sudeste de Asia para satisfacer la creciente demanda de tales productos en Europa y América.

Manila ofrecía la enorme ventaja de que en ella confluían las principales redes comerciales de Asia, con productos venidos desde la India, China, la actual Indonesia y la denominada Indochina. El comercio en la región fluía como los monzones que sacuden estos mares, y mantenía su propio ritmo tiempo antes de que llegaran los españoles a la región. Sin embargo, por importante que fuera el comercio aparecían dudas sobre mantener empresa tan colosal. De tanto en tanto, en la metrópoli, y sobre todo entre los comerciantes de la Península Ibérica -quienes veían con recelo las ganancias que se obtenían en la Nueva España- se expresaban opiniones en el sentido de que la distante colonia era una carga innecesaria para el erario.

El argumento contrario, que justificaba la acción colonial española en Asia, se centraba en dos propósitos políticos: contener la expansión islámica y propagar los principios del catolicismo militante (frente a la amenaza protestante representada por holandeses e ingleses). De esta forma, Filipinas se convirtió en una las de las fronteras entre las dos religiones que contendían con fuerza incontenible desde las costas de España hasta las puertas mismas de Viena.

En opinión de John. D. Phelan ¨frecuentemente se oscila entre el análisis cuantitativo del comercio, los fines políticos o los intereses religiosos para explicar la presencia española en las islas. La realidad es que la compleja administración colonial española tomó siempre en cuenta todos estos factores, con grave ponderación entre unos y otros¨.

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Emma Helen Blair y James Alexander Robertson, The Philippine Islands, 1493-1898, 55 vols. Cleveland,  vol. 1603-1609, pp 207-244. Military Affairs in the Islands, Informe del gobernador Francisco Tello.

Luis Merino. O.S.A. El Cabildo Secular: aspectos fundacionales y administrativos, vol. I, p.47. The intramuros Administration, Manila 1983.

John D. Phelan, Hispanization of the Philippines, Spanish aims and Filipinos responses 1565-1700, University of Wisconsin Press, 1959, capítulo primero. 

jueves, 29 de diciembre de 2011

La invasión de Camboya

En solidaridad con la población filipina que ha sufrido los embates de la naturaleza. Mi más sentido pésame por los muertos y desaparecidos,  a sus deudos y a todo el pueblo filipino.
Diciembre, 2011.

Desde la fundación de Manila en 1571, los habitantes españoles de las islas Filipinas fraguaron todo tipo de proyectos para conquistar los variados reinos del sudeste de Asia, a pesar de que en España se desautorizaron tales iniciativas y hasta se llegó a pensar, al finalizar el siglo XVI, en abandonar aquella lejana colonia.

Los gobernadores del archipiélago llegaban instruidos por el Rey para vivir en respeto y armonía con las naciones circundantes, pero los intereses de frailes y comerciantes residentes ejercían una fuerte y continua presión para enviar ejércitos a las Molucas, a Siam, Champa, Camboya y Laos, y al propio imperio mandarín. Entre tales intentos se cuenta la intervención española en Camboya de 1592 a 1599, que concluyó en un rotundo fracaso, mostró los límites reales de la empresa conquistadora española en Asia y demostró, junto con otros intentos efectuados en aquella coyuntura, que el imperio español no podía seguir expandiéndose.

Dedicaré las siguientes entradas de esta bitácora electrónica a mostrar información poco conocida sobre un acontecimiento que tensó la vida política y militar de Filipinas en sus primeros años, y que puso a prueba la vinculación de la colonia española en Asia, frente a las estrategias que se tenían tanto en la metrópoli como en la Nueva España en aquella época. Mucho más que una anécdota curiosa, esa aventura, junto con otras que se vivieron en aquel momento fundacional, ilustra la visión que se tenía en amplios sectores españoles en contra de la masa criolla que crecía en América y Asia, calificada de perniciosa por sus ociosos y ambiciones. Con objeto de debilitar a esta masa de españoles criollos, se pretendió abierta y llanamente enviar a pobladores desde México para colonizar y cristianizar Camboya.

Poco se sabía en Manila, y mucho menos en España o en México, acerca de las naciones y pueblos que circundaban a la joven colonia española. Sin embargo, se recibían los informes de comerciantes, misioneros y soldados mercenarios, dispersos por toda la región, quienes describían con lujo de detalles las riquezas materiales, las costumbres locales y las posibilidades de establecer comercio, expandir las cristiandad, hacer acuerdos de amistad o, simplemente, ocupar tales territorios.

De esta forma, y desde un principio, se dispusieron planes muy serios para colonizar la Gran China desde Filipinas; avanzar en las Islas de la Especiería; conquistar los reinos misteriosos de Siam, Pegu, Camboya, Champa o Laos, todos ellos en la actual península Indochina.

Cabe resaltar que, a partir de la segunda mitad del siglo XVI y hasta casi el final del siglo XVII, se sucedieron numerosas convulsiones militares y una continua redefinición de las fronteras en la espaciosa región de la cuenca del rio Mekong que, más tarde, los franceses llamaron Indochina. Ahora nos resulta difícil intentar siquiera la localización de los reinos de Champa, Conchinchina o Tunkin, que forman el actual Vietnam. La parte este de Tailandia era provincia camboyana y el noroeste de Tailandia formó parte de Laos. En ese escenario geográfico, tanto la religión como el comercio desempeñaron un papel central, de atracción y conflicto. En los reinos de la península se venía efectuando un proceso de consolidación de alianzas entre autoridades budistas y la monarquía, lo cual sirvió más tarde para la formación de las naciones contemporáneas.






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Anthony Reid, Southeast Asia in the Age of Commerce 1450-1680, vol. I. The lands below the winds, pp 1-10. Silkworm Books, Bangkok, 1988.


domingo, 18 de diciembre de 2011

Negritos

Pocos asuntos tan poco comprendidos como la presencia de población negra en Filipinas, sobre todo porque la tipología racial que domina aún al mundo se basa en observaciones superficiales, relacionadas con el color de la piel. Solamente las investigaciones antropológicas a partir del siglo XX comenzaron a desentrañar la naturaleza de un pueblo que no encuadraba con el esquema descriptivo de los ¨indios filipinos¨.

Para comenzar, los ocupantes españoles del archipiélago filipino en el siglo XVI traían como herramienta de conocimiento la experiencia conquistadora de la Nueva España, donde había un sinnúmero de pueblos que podían ser catalogados como ¨indígenas¨ a partir del socorrido genérico de indios... americanos. Pero, un siglo después de la conquista de América, al llegar al otro lado del Pacífico encontraron más indios, lo que significó un serio problema de catalogación. Comenzaron a llamar a los pobladores, por simple extensión, indios filipinos. Para complicar la cosa, se encontraron con estos negrillos, distintos a los demás pueblos que ocupaban el espacio filipino. 

Como tal, los negros filipinos no compartían ni religión ni costumbres con el resto de los pobladores de las islas: mostraban grandes habilidades como cazadores y recolectores, pero no formaban en apariencia gobiernos y sistemas de defensa al estilo de los tagalos, por ejemplo, además de que a la llegada de los españoles ya se habían refugiado en las zonas altas de la isla de Luzón, para escapar del sometimiento de otras comunidades locales.

Se estima que la llegada de negritos a las islas pudo ocurrir en tiempos tan remotos como cuando Malasia estaba unida a Sumatra y a otras islas de Sunda. ¨Si esto es cierto, afirma Mario D. Zamora,  podemos postular la hipótesis de que por aquel entonces el conjunto de islas que formaban Filipinas era un solo bloque. De este modo las primeras migraciones de los negritos debieron ser por tierra¨. Hoy se habla también de migraciones realizada en una última mini glaciación, que habría puesto en contacto a las tierras bajas desde Tailandia y Malasia, hasta la Micronesia. Asunto difícil de confirmar.

La investigación lingüística contemporánea ha desentrañado una incógnita: siendo que tradicionalmente se relacionaba a los negritos de Filipinas con otros grupos orientales de la India, como los Semang, localizados en el interior de la península de Malasia, o con los habitantes de las islas Andamán en el Océano Indico, ahora se sabe que el pequeño grupo filipino habla una lengua distinta a la de aquellos con los que se les relacionaba. 





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Mario D. Zamora y otros. Los indígenas de las islas Filipinas, Mapfre, 1992, Madrid. Pp 243-278.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Cagayanes

En la punta norte de la isla de Luzón se localiza la provincia de Cagayanes, distinguida por ser una zona estratégica en comunicación con la isla de Taiwán y las costas del sur de China. La percepción de la importancia de la región  fue reforzada por los ocupantes españoles desde el período de la ¨pacificación¨de Filipinas a finales del siglo XVI. 


En una carta del gobernador Gonzálo Ronquillo de Peñalosa a Felipe II, Rey de España, escrita en junio de 1582, relata la necesidad que tuvo de enviar tropas a la zona de Cagayanes debido a la presencia de piratas chinos y japoneses. En su recuento señala que los españoles hicieron frente a tales  invasores y que en feroz batalla aniquilaron a doscientos japoneses, incluyendo al hijo del comandante, con sólo tres españoles muertos.



A partir de la expulsión de japoneses y chinos en 1582 se iniciaron las primeras incursiones españolas en aquella zona al norte de Luzón, lo cual condujo al descubrimiento de las oportunidades de expansión y el sometimiento de los naturales. El comandante español Juan Pablo Carrión exploró el rio Cagayanes y los fértiles valles protegidos por el terreno montañoso y fundó en aquella época la provincia de Nueva Segovia, que ha cambiado en extensión a lo largo de la historia.


Los pobladores originales de esta región debieron recibir influencia de una multitud de pueblos de la región, como lo muestran las imágenes del Códice Boxer. 


La distancia entre Taiwán y el norte de Filipinas es de apenas 250 kilómetros a través de un estrecho que incluye muchas islas, con dos grupos: Batanes y Babuyanes. De ahí que resulta natural la presencia de piratas chinos y japoneses en la zona. De hecho, ese fue el camino seguido por tropas japoneses durante la segunda guerra mundial para invadir Filipinas.